jueves, 11 de febrero de 2016

Náufragos al Fin del Sur

Náufragos al Fin del Sur

C A P Í T U L O     I

Recuerdo que una vez estaba subiendo a una avioneta rumbo a Guadilanajó por una escalera angosta y, cuando me faltaba pisar el penúltimo escalón me vine guarda abajo. Me sujeté un rato con mis manos hasta que el capitán de la nave : Peter José Maulen se acuclilló y, me levantó de un ala donde se encontraba él.

-Menos mal que eres la última- me dijo en tono amistoso mientras, me cerraba un ojo y, levantaba las cejas; tomándome de la cintura cruzamos la barrera del vacío hasta la puerta de entrada.




Entré, pero no podía creerlo: el interior de la nave estaba forrada con papeles murales descoloridos y despegados por los aguaceros de las alturas; además sus colores eran de pésimo gusto y aguachentos chorreados por las aguas lluvias que pegaban en forma vertical sobre los ventanucos semi cerrados y diminutos donde el viento susurraba  por los recovecos de la miserable avioneta.

Me di la vuelta, abrí la puerta de escape para pisar la pista  e irme a casa lo antes posible pero,¡no resultó! Quedé colgada de la manilla mientras, las azafatas y el capitán me enlazaban los pies con una soga. Entonces, quedé colgando cabeza abajo gritando:



-¡Ayuda por favor, soy muy joven para morir!
-En eso estamos – dijo el capitán junto a las azafatas.

-No se los digo a ustedes- les respondí- no quiero morir en su avioneta apestosa.

-Pero usted ya tomó el pasaje señorita y lo tiene que ocupar de lo contrario no hay problema, puede saltar a la pista de aterrizaje.

-¡Noooo! Grité llorando histérica por última vez.

-¡Suban a esa mujer!-refiriéndose a mi, ordenó el capitán con voz autoritaria. Todos obedecieron con rapidez pues, él era el único


piloto de la nave. Cuando me subieron con la cabeza colgando pude divisar a cuatro locos fortachones empujando la cola del avión.



-¡Esperen un poco! Que suba esta señorita que da tanto quehacer les gritó el capitán a los atletas que corrían detrás del avión.

Cuando ya estuve arriba cerraron la puerta con un  fierro de alguna demolición. Se me olvidaba contar que alcancé a ver una docena de personas agarradas al techo, igual a los techos de los trenes hindú. Gente bastante modesta que no les alcanzaba para el pasaje.  Por las ventanas se alcanzaban a ver sus cuerpos volando por los aires pero, aún


sujetos al avión.

A mi me hicieron sentar en el mejor asiento: una especie de silla sillón al que le emergían resortes y, sus patas se amarraban a la avioneta por un costado y otro a través de un orificio que se tapaba con una especie de scotch.

Comencé a rezongar pero, el resto de los pasajeros estaban acostumbrados así que me hacían callar cada vez que entreabría mis labios y lanzaba el más mínimo quejido.

El Capitán se sentó en su puesto para maniobrar la nave que en esos momentos era empujada por los cuatro hombres macizos e hiperkinéticos que hizo que la nave tomara más velocidad que lo que toma un avión


normalmente. Ya en pleno vuelo, me fui directamente al w.c. Me senté apurada e hice lo que tenía que hacer (dos contundentes melocotones) pero, como sentí un airecillo a mis espaldas, me levanté precipitada a poto pelado viendo cómo éstos volaban en dirección al avión que se aproximaba al nuestro. Miré asombrada por el hueco donde antes me había sentado. Las nubes borraban toda evidencia

¡por suerte! Finalmente me subí los pantalones y, al abrir la puerta escuche al Capitán Peter José Maulén a través de un megáfono, dirigirse a los tripulantes:

-Señores pasajeros debido a las intemperancias del tiempo les ruego saquen todos sus brazos



por las ventanillas y ayuden a planear con sus manos.

-¿Porqué?- pregunté yo más intrusa que los demás ¿no es ésta una avioneta?

-¡No!- respondió Peter tajante y claro.
Sentí que el mundo se me venía abajo así que me senté en mi asiento con mucho dolor por los resortes todos sueltos e hice lo que me pedían.


Los pasajeros del avión que iban a nuestro costado nos hacían burla y, se reían al vernos aletear en el espacio a todos juntos y al mismo tiempo como si estuviéramos remando sin embargo, mi melocotón manchaba casi la mayor


parte de sus ventanucas y, yo a través de las más diversas señas se los hice saber hasta que entendieron mi mensaje.

Vimos gente vomitando o asqueados hasta decir basta. Cuando pasamos las montañas y divisamos el mar, me dio una gran alegría pensando para mis adentros, ¡al fin! Aterrizaremos en el mar y, podremos nadar libremente.

El capitán nos hizo vaciar todas nuestras maletas y, tirarlas por las ventanillas.
A la Petronila se le quedaron enganchados sus calzones y sostenes en la ventana y, me dijo:

-Lo hice a propósito y, me mostró el hilo de volantín con los que lo agarraba-no quería perderlos - me insistió. Pero pasó la azafata con una tijera y los cortó. Parecían volantín como se volaron y tomaron altura desapareciendo entre las nubes.

Pronto fuimos descendiendo cada vez más entonces, se abrió una especie de compuerta en medio del pasillo así que tuvimos que afirmarnos como pudimos pues, el viento nos zarandeaba para todos lados hasta que de un zuácate nos tironeó hacia el mar casi a todos al mismo tiempo menos a la Petronila que se enganchó su portaligas en uno de los clavos de la avioneta. Bailó durante un rato hasta que los cortó con tijera.



A los hombres que iban en el techo les resultó más fácil todavía tirarse de piquero al mar.
Cuando logramos reunirnos todos, el Capitán


Peter José Maulen con su dedo índice señaló tierra.

En esos momentos nos dimos cuenta que muchos pasajeros habían abordado el techo de ese esperpento convertida desde ese mismo momento en lata de salvamento con sus animales domésticos escondidos durante todo el trayecto en las maletas: perros, gatos (que odiaban el agua) y un espectacular loro choroy que nos silbó música clásica mientras braceábamos hacia la playa.







C A P Í T U L O    I I

La avioneta continuaba volando en círculo. Pensaba para mis adentros : si nos hubiéramos quedado un rato más arriba, en esos asquerosos asientos, no habríamos tenido que nadar tanto.

Los que sabíamos nadar, nadamos croll y, el resto “perrito”. Así que cuando llegamos a tierra enviamos a los perros a buscar a los más retrasados.

De repente vimos a Sandokán, uno de los perros, traer algo que despertó nuestra curiosidad: un pequeño tubo plástico que flotaba en el mar. Cuando estuvo ya cerca de la playa escuchamos los maullidos de gatos pequeños pero, cuando abrimos la tapa, apareció la cabeza de una niña de no más de cinco años semi asfixiada. La sacamos con


rapidez y la hicimos reaccionar. Lloró porque solo estaba dormida. Bajo el vaivén de las olas la hizo relajar hasta cerrar sus ojos lenta lentamente.

Sacamos los gatos para que se fueran con mamá gata que los lavó primero con su lengua y, luego se tendió ronroneando para que le mamaran.

-¿Cómo te llamas? - le pregunté
-María de los Ángeles Soto Luque.
¿Cómo se explicaba la aparición de esa niña entre el equipaje? ¡fácil! Uno de los hombres que se fue sujeto al techo la depositó dentro del avión en un acto de descuido de la azafata.
-¡Soto Luque!- le gritamos al unísono las seis mujeres sin saber exactamente quién era- ven a ver ésto. Hizo señas, se encontraba lejos en unos



roqueríos inspeccionando dónde se encontraría la niña.

Soto Luque no podía creer lo que estaba viendo. Corrió sin detenerse hasta caer de rodillas frente a su niña y, abrazándola, besándola y llorando de emoción entre hipo e hipo. Ya la daba por muerta y, se tenía que quedar callado nada más que porque la había entrado en forma ilegal. Se la podría haber puesto a la espalda pero ella amaba a sus gatos y además, se hubiera volado con la fuerza del viento. Fue más fácil y seguro que flotara en el océano y ser rescatada al fin y al cabo.

Soto Luque, fue el primero que se dio cuenta que habían llegado a una isla, a una isla maravillosa, paradisíaca ¿el Paraíso Terrenal? o ¿la fotocopia feliz del Edén?   Un destino que solo Dios quiso para ellos.  De lo contrario, cómo se explicaba que hubieran encontrado una vaca frente a sus narices a la que llamaron María Celeste pues, esa sensación daba su porte gentil. Una vaca para

darle leche a María de los Ángeles, a la gata y, a sus gatitos, a él mismo que era tan tragón para tomar leche. Tomaba litros de litros sin cansarse. Claro que ahora tendría que restringirse porque era una sola vaca que había encontrado y...¿si le encontraba un toro? En la madrugada lo iría a buscar. Tener un toro y una vaca sería el sueño de su vida aunque igual se conformaba con la pura vaca.

A mi, Soledad Naguian, se me entregó la tarea de quitarle los conejos y, las liebres de los hocicos  de los perros que cazaban en abundancia ; los pájaros de los hocicos de los gatos que también cazaban abundantemente. Cuando ya tenía


suficientes conejos, liebres y pájaros para cocinar los dejaba tranquilos. Aquí todos teníamos que trabajar hasta  María de los Ángeles que nos sacaba mora y, hacíamos mermeladas sin azúcar sino

más bien con un frasco de sacarina que alguien olvidó en un bolsillo.



C A P Í T U L O      I I I

El avión sobrevoló por encima de nuestras cabezas hasta que le dio puntá y, se le acabó el petróleo . Finalmente después de varias horas de vuelo en círculo amerizó muy cerca nuestro, en el mar. Así que todos contentos vimos quién iba y quien no iba a buscar nuestras pertenencias.


Después de un arduo trabajo de nadar de allá para acá, lo trajeron ¡todo! Hasta un abrelatas que no servía para nada porque no teníamos ninguna lata en conserva; un marcador de libros practicamente deshecho por el remojón en el agua; un sopapo para destapar no se qué; una sopa de letras de

crucigramas que todo el mundo se la apropiaba etc. Cuando ya habían ido y vuelto una docena de veces, el capitán de la avioneta Peter José Maulen les dijo enérgico ante una nueva ocurrencia que todas las mujeres habíamos conversado:

-¿Para qué pierden tanto tiempo en ir y volver hombres poco iluminados?, amarren con esas cuerdas la avioneta (las mismas con las cuales me habían amarrado a mi para subir a la plataforma de la



misma) y, traigan la avioneta  a la orilla de la playa.
La mayoría no entendió de qué iba a servir pero, igual lo hicieron y, en pocos minutos la avioneta quedó instalada frente a frente de una palmera.
-¿Quiénes son mecánicos?- preguntó entonces el Capitán Peter José Maulen.


-Yo señor- dijo Jairo
-Yo también- dijo Piero
-Vengan para acá y, se los llevo a la avioneta dándoles una serie de instrucciones.
-¿Quién es gásfiter?- preguntó a continuación a todos los que se hallaban aún reunidos así que fue fácil motivarlos. Los llevó unos metros más o



menos lejanos y les dijo:
John Paul y Christopher, ustedes estarán encargados de hacer una letrina para hombres y, otra para mujeres con ducha y todo, en lo posible con agua caliente.

Y, el cálifont ¿dónde se lo prendemos jefe?- le respondieron entusiasmados aunque escépticos por la cantidad de materiales a utilizar.

-Donde mejor les quepa- les respondió Peter José Maulen con la dignidad de un capitán de barco.

Ambos entonces, se fueron corriendo a recoger palos de bambú o cualquier cosa que les sirviera para armar letrinas o duchas, hasta


un zoquete guacho recogieron por el camino para utilizarlo de posible tapón.

Los restantes nos dividimos en cazadores y pescadores. Los cazadores y cazadoras nos habíamos agrupado pensando en una estrategia especial para no cazar tantos animales sino frutas y hojas que sirvieran a nuestra alimentación.

Los pescadores y pescadoras en cambio, tenían pensado pescar abundantes peces pero, cuando llegó el momento de tener una gran variedad en sus improvisados palos con hilos amarrados en alambre y los tenían todos pescados, los volvían a tirar al mar haciendo apuestas de cual pescado nadaba más rápido.



Resultado de esta falta de coordinación entre pescadores y cazadores fue que empezamos a tener retorcijones de estómago a causa del hambre en nuestros respectivos cuerpos pues, la única que recolectaba frutas era María de los Ángeles Soto Luque y, sus manos eran bastante pequeñas, aparte que se aburría de sacar sola las moras entre las zarzamoras (trabajo que le había sido encomendado especialmente). Estábamos todos desfallecidos y, en manos de la única niña sobreviviente María de los Ángeles.

Cuando dormitábamos María de los Ángeles nos dio jugo de pescado en cada una de nuestras bocas como si fuera aceite de bacalao, con la diferencia que casi todos (as) la vomitamos. Sin embargo, si no hubiera sido por ese


acontecimiento que nos reactivó como títeres en pleno paisaje selvático, nadie habría descubierto que había cardumen de pescado a la orilla de la playa.

Mientras unos corrían con coladores y mallas confeccionadas con matas de cochayullo otros hacían el fuego para cocinarlos.
¡Nos dimos él banquetazo!

Algunos se empacharon y, la Petronila que era experta en quebrar empachos se los quebró uno a uno mientras formaban pacientemente una fila india conservando el orden para atenderse.

Decidimos  armar una nueva estrategia de caza y pesca. Así, todos los que hicimos caza, preparamos a los de pesca y, los de la pesca


nos prepararon a nosotras (os) para pescar.
Mientras tanto Jairo y Piero habían descuartizado la avioneta por la mitad en forma horizontal. Con sierra caladora le dibujaron las más diversas formas las cuales, no se entendían bien si eran pájaros, animales o en su efecto ángeles.

Resultado que sacaron cilindros hidráulicos para frenos de las ruedas anteriores y posteriores pues, sacaron todas las ruedas para confeccionar un microtren a propulsión a chorro  (esa había sido su tesis para recibirse de mecánicos y, la estaban recién probando).

El depósito de líquido de frenos lo dejaron al borde del camino al sol para que se le secara


el agua de mar que se había introducido dentro por las ranuras y, para colocarlo en una posterior etapa.

Le inventaron un freno ultra moderno ya que el micro tren iría sobrevolando a cincuenta centímetros a ras de suelo e iban a necesitar urgentemente detenerlo para evitar que cayera por los arrecifes.

Le pusieron el soporte del brazo de la dirección y el tirante lateral sin embargo, se les olvidó colocarle el tirante lateral  de conexión entre los brazos de la dirección. Como si a un médico se le hubiera quedado un bisturí en la carne abierta de su paciente cuando lo estaba operando, solo porque le avisaron que estaba lista su comida y, él


tenía en esos momentos un voraz diente de ajo en la mandíbula.

Cuando estuvo listo, Jairo y Piero los llamaron a todos diciendo:
-Paseo por la isla señoras y señores a cambio de una mascada de pescado asado.

Todos corrimos en patota detrás de la Marce que es la más ágil de todas(o) llevándole tremendos platos de pescado asado en conchas de mar que guardábamos como platos desechables pues, cada vez que los ocupamos los botamos. Hasta el Capitán llegó muy interesado en correr la maratón.

La microtren no partía aunque Jairo y Piero se esmeraban por hacerle entrar en contacto con


los pirhuines de cables próximos al radiador.

Así que dos corpulentos se bajaron y comenzaron a empujar con la fuerza de un toro hasta que salió a propulsión a chorro sin mediar provocación alguna pues, nadie se lo esperaba o sea, se aceleró como si fuera instantáneo.

Nos encontrábamos como a dos kilómetros de distancia al lugar de partida cuando divisamos a lo lejos a los dos corpulentos, a quienes les llamamos “David y Goliat” que venían corriendo hechos pedazos  tras nosotras (os).

Al rato, avanzábamos en forma inversamente proporcional, como si el motor se hubiera fundido avanzando a pasos de caracol. Al


darnos cuenta de su letargo nos bajamos todas(os) e hicimos competencia de quién caminaba con más lentitud.

Cuando al fin llegaron exhaustos David y Goliat, nos tocó a Petronila, a mi y a Mª de los Ángeles empujar porque la aspirante a monja dijo que tenía varices en los pies y le dolían demasiado; Amalia y Regina que: “andaban con fiebre para sacarse los pillos” ; Valentina que: “esas cosas no eran para mujeres y, que ella por ningún motivo se rebajaría”.

  Valentina era toda una dama, todavía conservaba intactos sus zapatos de tacones aguja, no se sacaba nunca el sombrero de alas ni siquiera para ir al baño; y, Marce dijo:


“soy atleta y por lo tanto, no empujo por ningún motivo cachivaches”. 

Resultado, todas (os) se subieron al metrotren menos nosotras tres: Petronila, María de los Ángeles y yo. Empujamos nuevamente sin embargo, esta vez la microtren recorrió menos de un kilómetro y medio de distancia.





C A P Í T U L O     IV
Nosotras caminamos despacio pero haciendo ejercicios con nuestros pies y nuestras manos mientras, María de los Ángeles bailaba ballet;



jugamos también al escondite y, al pillarse en todo ese trayecto.

La gente se empezó a desesperar con nosotras. Chiflaban, decían garabatos y, nos tocaban la bocina pero, como nosotras estábamos en otra, no los pescábamos. Nos demoramos cerca de tres horas en llegar al microtren. Como afortunadamente para todos (as) Jairo y Piero se dieron cuenta que no tenían dirección, que no podían maniobrar y que estábamos a pocos metros de un precipicio, todos sin excepción de ninguna clase se tuvieron que bajar y dar vuelta la microtren.

Nuevamente los más forzudos dieron el vuelo o sea, empujaron pero, esta vez amarrados ambos a un cordel en el parachoques. De repente,


pasamos por debajo de una cascada. Se llenó el cascarón de la avioneta de agua pero, no se hundió al contrario, pescó pescado y otras cosas ricas para comer.

Marce nos salió con un “domingo siete” ¡sí! Resulta que ella acostumbraba a despertarnos a todos de madrugada (cerca de las seis aproximadamente) con una lata oxidada y un perno grueso que usurpó clandestinamente de la avioneta siniestrada y, que tocaba como campana.

Nos obligaba a trotar varios kilómetros por los alrededores de la isla y después, nos hacía hacer doscientas abdominales. Nadie se podía resistir menos los hombres que andaban loquitos por ella gracias a su belleza y


escultural figura además, ella tenía a su haber unos guantes de boxeador femeninos que, en cuanto alguien desobedecía, se los colocaba en forma amenazante. Los había rescatado entre sus pertenencias como una reliquia de su pasado más cercano. A reojo, las mujeres nos reíamos a escondidas porque sabíamos que sus amenazas no eran ciertas y, observábamos los rostros horrorizados de los hombres pues todos decían: ¿quién sería el cretino que se defendiera del derechazo de semejante beldad.

¡Sorpresaaa! Las mujeres nos dimos cuenta que Marce, andaba mareada y con asco ¿porqué? Pues, se guardaba un naipe bajo la manga: Oteb, un hombre muy agradable y culto, era nada más y nada menos que ¡su marido! Había naufragado junto con ella manteniendo el


secreto en el silencio más absoluto por lo que, habían aprovechado de hacer el amor cuantas veces quisieron detrás de las dunas sin que nadie los descubriera hasta ahora.

María de los Ángeles aprendió a nadar por el pasillo.
Algunos mas osados salieron con los salmones aprisionados en la boca así que apenas respiraban.

Con el peso del agua el microtren anduvo menos distancia ¡afortunadamente! Pues, pocos minutos mas tarde cuándo el agua chorreaba a cántaros por las ranuras, escuchábamos el sonido de un helicóptero que atravezaba por los cielos.



Todos, sin ponernos de acuerdo corrimos y otros empujaron el metrotren bajo las ramas de los árboles. El Capitán Peter José Maulén fue el primero en llegar. Nadie quería volver a su lugar de origen. Todos tenían sus tarjetas de crédito colapsadas y a cada Santo le debíamos una vela si tuviéramos velas a mano.

El asunto es que todos estábamos al borde de un ataque de nervios; aunque trabajáramos toda una vida eran tan excesivos nuestros gastos cotidianos, que no las podríamos pagar. Hasta la aspirante a monja  se había encalillado y ahora se encuclillaba pues, había comprado un sinnúmero de santos, velitas, crucifijos sagrados, rosarios, agüita bendita, virgencitas etc. etc. para comercializarlas y, no las había podido vender hacía nueve meses.


Así los náufragos se habían quedado cada día más pobres comiendo papas con puré y puré con
papas en plena “civilización”.

El Capitán Peter José Maulen mostró la hilacha; estaba encalillado hasta los huesos osea, hasta la avioneta que compró y estrelló, como todos estamos al tanto, la debía pues, la había comprado a crédito en cómodas cuotas mensuales que jamás pagaría. Sí, porque era el ¡mismísimo dueño! Cuando todos lo supimos, no dejamos de reír a carcajada limpia hasta que nos dio retorcijones de estómago de tanto reírnos.

Lo pusimos de patitas a empujar el microtren cuando escuchamos que, en el silencio de la selva, no se oía ningún otro ruido y, no


aceptamos ninguna otra pataleta. Después que la aeronave a ras de tierra salió disparada, vimos como trotaba junto a Soto Luque hasta alcanzarnos sin embargo, aunque se veía muy cerca nuestro campamento éramos incapaces de caminar por el agotamiento físico y psíquico que traíamos a pesar de los pocos metros que faltaban. Habían sido demasiadas emociones en un día.

El Capitán y Soto Luque se hicieron de ánimo y, empezaron a empujar suave muy suave. Cuando llevaban unos cuantos metros avanzado, el microtren tomó su propio ritmo y, mientras el Capitán Peter José Maulen y Soto Luque se tendían en el pastizal florido, nuestro vehículo a propulsión a chorro dio cinco vueltas a la Isla en el mismo circuito


anterior en un abrir y cerrar de ojos. Las vueltas las contaron Peter y Soto Luque, nosotras solo estábamos preocupadas de observar la naturaleza. Creo que si no hubiera sido por los pescados que manejábamos dentro del vehículo, todavía estaríamos dando vueltas.



C A P Í T U L O        V

Estábamos tan agotados que no fuimos capaces de llegar al campamento. Las mujeres (menos la Marce) decidimos entonces, acercarnos al Capitán y decirle lo siguiente:




-Señor Capitán Peter José Maulen, nosotras las mujeres de este trágico accidente necesitamos que usted decida: cual de todas nosotras es de su preferencia.

-Ninguna- respondió el Capitán en forma muy despectiva. Dio media vuelta y se fue tras los matorrales.

Muy entrada la noche, salí a dar una vuelta cuando de repente siento que alguien me agarra por la espalda entonces lo golpeé fuertemente con los codos. Me di vuelta y con las rodillas le zarandié los testículos. Alardeaba para que decir cuando me di cuenta que era el mismísimo Capitán Peter José Maulén, hasta que pudo hablar y me dijo:



-¿No estaban todas deseosas de estar conmigo?
-Sí, pero ya pasó su hora señor Capitán.
-No te creo- me respondió y, me apretujó mis blandos y hermosos pechos con sus manoplas.
-Maldito infeliz – respondí – y lancé un combo de tal magnitud que lo deje tendido en la tierra botando sangre por boca y narices.
-Ayúdame – me dijo.
-Ayúdate sólo y di un salto para atrás cuando lo escuché sollozar.
-Quiero a mi mamá – gimió
-Hágase hombre -le respondí y no se mee en los pantalones – a continuación le pregunté - ¿de quien es ese gato con cola de pluma que anda rondando alrededor suyo?
Es mi gato fantasma regalón, me persigue donde vaya aunque naufrague y me meta en los



peores líos como usted ve ¿Supongo que no abrirá la boca? ¿cierto?
¿Que me tocó?
¡No!, que me pegó y perdí por noctiluca
Sabe, usted es un pobre diablo. Debería pedirle a su gato con plumas que lo defienda en ocasiones como ésta.


 C A P Í T U L O     VI


A la mañana siguiente, las mujeres nos reunimos y formamos un sindicato que se llamó “Una para Todas y Todas para una” y, reflexionamos sobre la siguiente temática ¿qué hacíamos todas (os) escondidos del helicóptero bajo los matorrales y mas de alguno sobre las


espinas de las matas de mora? O sea, que sí estábamos todos encalillados hasta los tuétanos y que los cheques que continuamente hacíamos para intercambiarnos objetos personales en todo orden de cosas con los náufragos, se encontraban seriamente ¡sin fondo!

Así que yo le había comprado una blusa a Marce, una falda a Petronila, unos cuantos kilos de mora para hacer mermelada a María de los Ángeles, todo con cheque a fecha confiada en que íbamos a volver a la civilización y, aunque las letras de las chequeras, casi no se veían por el agua de mar que los había empapado igual habíamos pensado que los haríamos legítimos y, más adelante los restituiríamos por otros.


La aspirante a novicia, me compró agua bendita que traía en una botella casi sellada (igual creo que le entró agua de mar) y, le compró un vestido a Petronila para cambiar el hábito que traía puesto mientras tanto. Pero lo más costoso fue una bicicleta que apareció entre los escombros y,  Marce me la compró a cien mil pesos aunque no era mía, también con cheque a fecha, le compró unas zapatillas de gimnasia a la Petronila y un costurero con hilos, botones, agujas, tijera (que también fue útil para cortarnos el pelo). Marce era la más consumista de todas, era consumista compulsiva pues, todo nos compraba por ejemplo: si nos veía un anillo o un collar o una pulsera bonita o zapatos de taco aguja o esmalte rojo de uñas, la compraba ipso facto preguntando lo siguiente:


¿A cuánto me vendes ésto, lo otro, lo de más allá? Y, no terminaba nunca de hacer cheques y más cheques y más cheques a fecha hasta que todo se descubrió: ¡nadie tenía nada de nada! ¡todas(os) estábamos en bancarrota!

Al principio, cuando nos dimos cuenta de este tremendo fraude, comenzamos a reír con una risita nerviosa y luego, todas llorando a moco tendido comenzamos a devolver una a una cada cosa que habíamos usurpado con vergüenza una de la otra.

De todas maneras, tuvimos un gesto solidario, juntamos todo el dinero, las monedas y las chauchas que nos quedaban en los bolsillos y lo dejamos mientras tanto, en una caja de zapatos mientras, pensábamos qué hacer con él.


Dos meses mas tarde nos sentíamos estar al filo de la nada o sea, sin un peso por lo que ideamos hacer una “feria de las pulgas” o “cachureo” e invitar a los hombres para que invirtieran con su propio dinero en nuestros cachivaches:
Teníamos una tremenda mata de cochayuyo que por lo común usábamos  para mascar chicle. Ese volumen alcanzaría para mascar toda una vida si se le sabía administrar hasta la vejez en el supuesto caso que nos quedáramos gozando de la naturaleza de ese paisaje admirable de por vida; unos calzoncillos rajados hasta la mitad; una máquina de afeitar eléctrica que finalmente era de Jairo y se la tuvimos que devolver; un cepillo de dientes eléctrico también de Jairo; una máquina de fotos inservible que nadie reclamó pero que tampoco


se pudo vender; un tenedor con tres patas; una lámpara de velador; una centrifugadora manual muy útil para lavar a mano y, así etc. etc. Hasta una concha de loco que trajo María de los Ángeles para escarbar o dejar de adorno al lado de nuestras respectivas camas artesanales.

Todo era útil para nosotros en estas circunstancias sin embargo, los hombres eran los menos consumistas de todos y, solo se llevaron la concha de María de los Ángeles eso sí ¡a precio de oro!

María de los Ángeles reclamó todo el dinero para si misma, así que nosotras nos quedamos sin pan ni pedazo, con los crespos hechos sin vender nada de nada.


Nuestras reservas de dinero se estaban acabando porque nosotras sí comprábamos en el mercado negro que había confeccionado los hombres con cosas realmente útiles como : sombreros de ala para protegerse del sol; shampoo de hierbas que lo hacían ellos mismos batiendo algas con un tenedor y con hierbas recogidas en el viaje que se hizo en el trayecto del microtren; incienso que eran unos palos que cuando se encendían daban un aroma exquisito pero, explotaban al menor vientecillo; nos empezaron a vender los pescados que nosotras no podíamos pescar pues, los perros y los gatos habían aprendido a comerse a escondidas los animales que cazaban.

 Resultado es que nos encontrábamos sin pan ni pedazo colgados por la tangente por lo tanto,


tuvimos que pensar en alguna estrategia viable hasta que la encontramos:

Nos pusimos a hacer huelga de hambre no sin antes hacer los papelógrafos correspondientes para que todos se dieran cuenta pues, de lo contrario, pasaríamos desapercibidas.

A la hora de almuerzo, los hombres sin darnos bola en absoluto, cocinaron como era su costumbre y, pusieron la mesa con sus respectivas conchas a manera de platos entonces, nos miramos a los ojos todas las mujeres y con un gesto nos abalanzamos corriendo a sentarnos y, echarnos a la boca de un cuantuai con la rapidez de un rayo así que cuando los hombres volvieron se enojaron a morir con nosotras pues, no le habíamos dejado


siquiera un hueso de pollo para saborear a su antojo. Y, nadie nos pescó, ni habló en el transcurso del día. Hasta Oteb se había enojado con Marce a la cual ya se le estaba notando su preñez. Pero a Oteb le había
parecido muy mal el procedimiento de las mujeres incluida Marce con la cual hace ratito estaba molesto porque no le había avisado que no se estaba “cuidando” cuando hacían tupido y seguido el amor tras las dunas a escondidas de todos los náufragos.

Sí, porque ellos durante el día no hacían el menor gesto de cariño para no ser descubiertos, así como Valentina con Jairo y Rosaura con Piero y quizás quizás Peter José Maulén con con...



Los demás estábamos todos separados solteros o viudos pero, a nadie le importaba eso ahora sino más bien establecer un hábitat donde todos (as) estuviéramos lo más cómodos (as) posible y, para lograrlo necesitábamos de toda nuestra imaginación para crear rincones gratos que nos hicieran olvidar la lavadora automática; el refrigerador de cuatro puertas; la enceradora con cinco cepillos en vez de tres; el equipo de música con los parlantes más caros del mercado;el plasma a control remoto; los pasadores de películas; las jugueras etc, etc, etc, ¡ah! y, nuestros respectivos automóviles.






C A P Í T U L O      V I I


La Marce nos comunicó que era actriz (no conocida por nosotros (as) extranjeros (as) pues ella era colombiana de Bogotá exactamente) y Piero también levantó el dedo y dijo:
Yo soy actor.
Yo escritora aseguré, y estoy escribiendo en estos momentos esta misma novela- les aseguré – y puedo hacerles un guión para que nos hagan una representación. ¿Quién se hace el escenario?-
pregunté enseguida.
Lo tiraron al cachipún.
Lo escribí en tres días. Trataba que Marce estaba pariendo pero resultó tan caótica su


representación que se puso a llorar a moco tendido y, nadie la pudo parar .Ella después nos dijo que se trataba de la representación, que la dejaran actuar con libertad.

Tuve que hacer más de tres guiones distintos que se ajustaran a ella y a su rol de futura madre para que no nos aburriéramos.

No conformes con este schow, enseguida armamos un circo con el loro, los perros y los gatos pero se nos arrancaban en cuanto los colocábamos en el escenario y, los perros no paraban de ladrar y, el loro no paraba de decir garabatos.

Resultado: ¡un puro fiasco! Tuvimos que devolver las entradas que nos habían cancelado


los náufragos y terminamos por echar al fuego el escenario y, a olvidarnos de más representaciones en público de éste caótico naufragio.

Había un detalle que nadie había percibido antes y, la primera que lo hizo fui yo: Soledad Naguian.

Se trataba de un caballero que venía todos los días a ofrecernos pan en triciclo. Hasta que después de mucho regodearnos, le comenzamos a comprar pero ¡fiado! La cosa es que a nadie se le ocurrió preguntar ¿¡de dónde venía!?

 Entonces, formamos un comité de investigación del caso inaudito y poco común pues, este caballero se presentaba muy solitario y sus


ropajes despedían una soledad absoluta y exclusiva. La averiguación, debía hacerse con mucha cautela para no espantarlo de un rato para otro entonces, comenzamos a hacerle las siguientes preguntas inquisidoras:
-¿Tiene usted pan de miel?

Sí, ¡aquí traigo algunos!
¿Cuánto pan amasado nos puede traer día a día?
Todo lo que ustedes quieran- respondió amablemente sin quejarse.
¿Tiene usted plantaciones de trigo?
Comenzó a reírse jajaja y, no paró hasta que montó su triciclo y se fue pedaleando a toda velocidad. Lo salimos persiguiendo gritándole:
-¡Oiga, espere espere responda...!  pero no hubo caso, se perdió tras la primera loma que se divisó al horizonte.


Piero y Jairo quisieron hacer una carretilla con motor pero, no les resultó porque faltaban muchas piezas así que la dejaron tal cual en forma manual.

Oteb había alcanzado a ir a la feria de verduras antes de naufragar con Marce y, se había traído tres bolsas de verduras y frutas las cuales llegaron desparramadas y en estado de pudrición la totalidad de ellas sin embargo, el Sindicato de Mujeres del Campamento de Náufragos “Todas para una y una para Todas”, se nos ocurrió la brillante idea de sacar todas las semillas habidas y por haber de los bolsos en cuestión.

Valentina que era la más pituca pero ignorante de todas, se le ocurrió sembrar los huevos


para que salieran pollitos. Y lo más extraño de todo es que efectivamente con el calor reinante eso mismo sucedió. Nacieron dos pollitas y un pollito y los cuidábamos como hueso santo alejando a todo el resto de los animales del condominio de estos pájaros.

Pedimos a Jairo y a Piero varias carretillas de tierra del bosque y cuando ya tiraron la esponja de cansados, todas nos pusimos de rodillas a sembrar cada semilla de la pudrición de: tomates, cebolla, ajos, papas, cilantro, lechuga, porotos, pepino, zanahoria etc.,etc., que venían en las bolsas.

Desviamos un trayecto del agua de vertiente e hicimos un dique con una piedra grande para que pasara el agua poco a poco o sencillamente


cortarla cuando quisiéramos regar nuestra huerta.

Los hombres se portaron mejor con nosotras sabiendo que tendrían verduras a su antojo y, nos convidaron sin chistar, pescado asado, a la plancha y ahumado y,  María de los Ángeles convidó sus moras muchas de ellas hechas puré con tierra, mosquitos, lombrices y demás cochinadas.


C A P Í T U L O    V I I I

Marce tenía aproximadamente ocho meses de embarazo. Todas nos descabezábamos por saber la fecha exacta de la procreación en su vagina . Designamos a dedo las que atenderían el


parto: Amalia que tenía sólo un breve cursillo de enfermería ; Regina que llevaba dos semestres de estudios de paramédica y, a Peter José Maulen que llevaba estudiando tercer año de Medicina y, que por más que pataleó quedó igual designado. Nuestras decisiones eran bastante autoritarias pero, al menos nos daban resultados concretos.

Así como le vimos crecer la panza, vimos también como relucía unos enormes pechos ¡claro, Marce se tomaba un litro de leche diario al pie de la vaca!  Entonces, pensamos que debíamos rescatar los sostenes de la Petronila que eran enormes. Ambas en un principio se resistieron pero, al darse cuenta que las medidas eran exactas, dejaron de forcejear y, pidiendo disculpas al Sindicato


de Mujeres del Campamento de Náufragos: “Una para Todas y Todas para una”; con humildad aceptaron nuestra decisión y eligieron los sostenes más convenientes para Marce.


Hacía un tiempo atrás, Victor , el caballero que manejaba el triciclo nos traía todo lo que le encargábamos hasta chicles, helados de invierno, helados de barquillo, calugas, chocolates, ladysan etc. lo encontrábamos un poco extraño pues, se suponía que nos encontrábamos sólos en la isla pero, por temor a conocer la realidad, preferíamos quedarnos en silencio y no preguntar. Pero el último viaje trajo pañales desechables para Marce y más aún a una mujer con un turbante y una especie de bata de levantarse con una


cartulina llena de estrellas y una luna al centro; una mesa; una silla plegable; un quitasol y un maso de cartas de tarot para vernos el presente y el futuro según ella. “Todas para Una y Una para Todas” nos reunimos en círculo para saber cual sería nuestra decisión al respecto.

Victor había indagado mucho sobre cada uno de nosotras (os) tanto así, que hasta se había dado cuenta o alguien le había dicho que nos estábamos escondiendo del helicóptero que nos andaba buscando.

Con éstos y otros datos más, Virginia la tarotista, andaba miel sobre hojuelas para conocernos de pie a cabeza a cada una de nosotras sin que nosotras pronunciáramos el


más leve epíteto. Nosotras desconocíamos esta proximidad con Victor pero, la sospechábamos ¡claro! Resultó ser que eran marido y mujer pero que por esas casualidades de la vida y del destino estaban haciendo los trámites de divorcio y por eso, no nos habían comunicado.

Las predicciones de Virginia eran todas muy buenas y yo diría que hasta excepcionales pues, todas terminábamos casadas con cuatro o cinco hijos. Bueno, por lo menos aquí tendrían demás patio para jugar tanto niño en el supuesto caso que siguiéramos siendo náufragos toda la vida.

En lo que sí le apuntó medio a medio fue que en sus predicciones: adivinó por puro chiripaso que, Marce estaba embarazada. Así


que ella misma se encargó cada vez que venía al campamento, completar el ajuar que sería necesario para el nacimiento.


C  A P I T U L O       I X

Marce comenzó a sentir las contracciones y no le quedaba mas que aullar de dolor pues, tendría a capela ese hijo (a) que tanto esperaba por años.

-Recuéstate y abre las piernas y entre todas le sacamos los calzones y la afeitamos.
-Respira a lo perrito y, comenzó a respirar como perro. Todas queríamos ver el parto y, echamos a todos los hombres del lugar incluso al padre del bebé Oteb, que reclamó hasta


decir basta. Tuvimos que pedirle silencio para que la parturienta estuviera lo más tranquila posible.
Regina hizo la incisión para que naciera bien el bebé.

-Puja, puja le decían Amalia y Regina en los momentos que correspondían.
Comenzó a salir la cabecita del bebé.
-¡Mujercita! Y nos mostró a todas, la pequeña con su condón umbilical a la vista.

Bravooo- gritamos todas – tijeras y procedió a cortárselo ¡sorpresaaa!, Marce continuó en trabajo de parto pujando y pujando hasta que salió una segunda cabecita y, esta vez como estábamos todas distraídas con la primera bebé, salió rebotando toda jabonosa cuando nos


dimos cuenta el bebé ya había salido del útero materno. Regina y Amalia corrieron a recogerla y hacerle las primeras inspecciones:

-¡Otra mujercita! ¡eran dos! Saltábamos todas de alegría pero en silencio. Estábamos tan contentas que las bebés pasaban de brazo en brazo sin acordarnos de la madre que en esos momentos dormía raja.

Las bebés después de relucirse comenzaron a llorar a todo pulmón hasta quedarse dormidas pues, había que esperar que a su mamá le bajara la leche.

Nosotras mientras tanto, comenzamos a planear una fiesta de celebración. Virginia, la tarotista,


nos había traído algunas botellas de vino y si no es porque los hombres nos descubrieron las habríamos tomado solas pero, ahí estaban ellos esperándonos con las manos en la masa.

Mientras Regina y Amalia cuidaban a la madre y a sus hijas después que Oteb les besó en la frente a cada una de ellas. Partimos a la celebración.

Peter José Maulén se puso bastante cariñosito conmigo, en un principio lo retiré  diciendo:
-¿Usted solo me quiere a mi o a toda esta tropa de mujeres que estarían a completa disposición suya si usted las invita?

-¡No! Solo la invito a usted Soledad, solo usted me gusta- y en seguida me zampó un beso


le di una cachetada pero él insistió y, me dio otro y otro beso hasta que no pude resistir a la tentación de sentir su boca y su lengua jugando con la mía y, sintiendo su sabor indescriptible y húmedo. Nos besamos pero no permití que me desnudara ¡no! ¡no! Quería tener muy en claro que no se cruzaría otra mujer peligrosamente por su camino. Entonces me sacó a bailar (sin música, a capela no más) y me apretó firme contra su cuerpo.

De repente, sentí que me desmayaba gozando cada paso que nos transportaba a otro planeta, percibiendo en todos nuestros sentidos, la fuerza y el empuje de un amor que recién se estaba gestando con una pasión absoluta y definitiva.



C A P Í T U L O      X

Llegó el verano, las niñas Kriz y Luz habían crecido unos cuantos centímetros pues, tenían cinco hermosos meses de nacidas.

Llegaron a la playa dos salvavidas, lo que nos llamó mucho la atención pues, además llegaron
con sus escaleras especiales y todo. No nos atrevimos a preguntarles ¿qué hacían ahí? Por miedo a que nos respondieran que ese era un territorio ocupado por gente que venía a pasar sus vacaciones de verano.

Ayayai que desilusión más grande mientras, veíamos llegar familias completas con su



cocaví respectivo, nos llegaba a dar urticaria.

Virginia, la tarotista, se convirtió en vendedora, llegó en una camioneta cuatro por cuatro con varios paneles para instalarse con un kiosko. En un principio nosotras (os) protestamos porque rompía con la belleza del paisaje pero Virginia trajo todo lo necesario para las niñas: dos niditos; una tina de baño ; cuchillo carnicero; sal en frasco; tarros de piña picados en trocitos; abridor de latas; dos mamaderas etc. etc. que se lo pagábamos fiado. Así que cada vez que llegaba le ayudábamos a abrir el kiosko y registrábamos todo lo que nos fuera útil a los náufragos.



Nuestra huerta comenzó a dar sus frutos y nuestras pollitas crecieron. Comenzamos a vender huevos y verduras a los turistas pero, algo extraño estaba sucediendo con nuestra mesa, la tuvimos que ampliar tres veces consecutivas y, los comensales aumentaron de quince que éramos los náufragos a 84 y lo peor de todo, es que comenzaron a instalarse con carpas, ollas, baños químicos, mesas de comedor etc. Nos encontrábamos absolutamente ¡invadidos! En la playa no cabía ni un alfiler pero ellos, para amenizar la convivencia tranquila nos convidaban empanadas, cuchuflís, queques hasta tortas y nosotras (os) como siempre a punta de pescado respondíamos a su generosidad.





C A P Í T U L O         X  I

Marce era hiperkinética así que prácticamente obligó a Peter José Maulen a levantar un nuevo escenario argumentando que ya existía público suficiente para que se pasara el sombrero. Entonces, volvieron a levantarlo e hice un cuantuai de guiones pues, nos llegó competencia al otro lado de la playa y, Marce se los aprendía de memoria en pocos minutos así que, siempre estuvimos renovando nuestro repertorio incluso, las parejas de amor que le tocaban a Marce eran siempre distintas, En la variedad está el gusto pensábamos mientras, cuidábamos a las bebés que se largaban a llorar en medio de la función. En los episodios en que Marce debía besarse con el


Príncipe Azul, eran bastante sensuales y a pedido del público, debían repetirlo una y otra vez hasta el cansancio.

Virginia después de un tiempo, no aceptaba cheques en su kiosko pero, nosotros no nos preocupamos pues nos tenía como clientes favoritos y todo nos fiaba además, que nuestras chequeras las habíamos ocupado de papel higiénico y, como se estaban acabando ella aprovechó de traer papel higiénico de verdad.

Del escenario de la otra parte de la playa, nos vinieron a zapear cuando vieron que nos llenábamos de público y, para peor, nos empezaron a imitar con unos besos ya nada más ordinarios que llegaban a dar pena.



C A P Í T U L O        X I I
Nadie se lavaba la cara en el campamento, ni siquiera la misma Marce que era la más quica de todas y yo menos. Con unos pocos escupos por allí y otros por acá nos sentíamos satisfechas sin embargo, estábamos conscientes que hacíamos una pura cochinada así que con la bicicleta, nos turnamos para ir a buscar agua a la vertiente y, nos lavábamos con un trapito que más tarde tendíamos al sol, pero así y todo era insuficiente asi que, el Capitán Peter José Maulen le pidió a Jairo y a Piero que idearan un tubo para traer agua al campamento desde la vertiente. Demoraron una semana pero esta vez se aseguraron que llegara agua no como a las duchas que no sirvieron de nada y, jamás cayó una sola gota de agua de


las mangueras con unos tarros de hoyos enormes, por más que se daba la llave del agua caliente y fría.

Parecía que Jairo y Piero todo lo hacían a medias pues, ahí habían dejado botado al metrotren al cual se le habían fundido los frenos y oxidado los mecanismos de aceleración de los ejes bilaterales. Nada dejaban servibles esos dos después de usarlos por primera vez.


C A P Í T U L O      X I I I

Con la Marce ideamos unos viajes turísticos en caminatas de cinco kilómetros ida y siete kilómetros vuelta de diez turistas por grupo.


Nos pusimos de acuerdo por donde los llevaríamos y, anunciamos al día siguiente el tour al choclón de gente durmiendo en la playa.

Al principio nadie nos pescó pero, cuando mencionamos la vertiente de “Las Siete Caras”  y los peces de agua dulce se nos colaron más de diez personas pero como nosotras “Juana Segura vivió muchos años” pedimos por anticipado el dinero del paseo. Después de ir a guardarlo a nuestros respectivos escondites para evitar que nos pidieran la devolución de sus entradas,partimos por un estrecho sendero hacia el bosque. Ni Marce ni yo conocíamos los nombres de los árboles o arbustos así que nos pusimos de acuerdo para inventarlos, yo los de la derecha y ella los del lado izquierdo. Ya


llevábamos medio camino recorrido y no nos acordábamos de los nombres que habíamos inventado así que nos dábamos de patadas y pellizcos para soplarnos mutuamente.

Para salvar nuestro dinero que ya lo estaban pidiendo de vuelta, los llevamos a la poza que se formaba de la vertiente para que se bañaran y divirtieran con los pocos peces que quedaban pues nosotras (os) ya los habíamos almorzado qué rato a casi todos. Fue completo desastre, nos pidieron tajantemente el dinero de vuelta y nosotras ¡no! ¡no! ¡no! Demasiado sacrificio para hacer devoluciones.

Días mas tarde, nos invitaron a comer cazuela de ave en  supuesta señal de reconciliación.
Estábamos comiéndola cuando nos miramos  a los


ojos con  Marce y, partimos a buscar nuestras ¡dos únicas gallinas y gallo! Nos devolvimos furiosas y los retamos:

-Parecen niños pequeños ¿no les da vergüenza? Nuestras gallinas colocaban huevos y blá blá blá fue realmente dramático, lloramos a moco tendido sobre los tutos y las alas que nos devoramos.

No volvimos a hacer paseos a ninguna parte pero los niños descubrieron el metrotren y comenzaron a sacarle tuercas y algunas piezas como el motor y demás objetos imprescindibles para el funcionamiento del aparato.






C A P Í T U L O      X I V

La Virginia nos invitó a mi y a Marce a visitar su casa. Le dijimos que teníamos que ir con la Petronila y la Valentina porque tenían que cuidar a las dos pequeñas Kriz y Lu y, que a María de los Ángeles tampoco la dejábamos porque nos habíamos hecho cargo de ella. Total que partimos todo el buque muy de madrugada al pueblito llamado “Peñalolén” a una casa mas o menos grande que tenía Virginia en toda una esquina y, con un gran patio trasero. Nos fuimos de madrugada porque ella tenía que trabajar.

Se pueden instalar como dueñas de casa nos dijo a mi y a Marce mientras, ella se


preparaba para partir. Pero qué nos dijeron a nosotras.

Se puso un vestido recalcitrante de mal gusto y, además dejó todo tirado y desordenado al decirnos adiós.

Con Marce empezamos a registrar qué tenía en el closet: sacamos vestidos fucsias, negros, naranjas etc; blusas color rojo fuerte; faldas verdes, calipsos, amarillas, floreadas, dibujadas; zapatos taco aguja, chalas, botas; libros, cuadernos etc. etc. y lo metimos todo a una gran bolsa negra de basura y le dejamos impecable de ordenada su pieza y su closet. Como no sabíamos donde dejar la basura, pensamos en ir a venderla a la “Feria de Cachureos de Peñalolén”. Nos llevamos a María


de los Ángeles y dejamos a  Petronila y a Valentina encargadas de Kriz y Lu.

Como era demasiado pero demasiado pesado el bulto, sacamos una carretilla del patio trasero que al final de la jornada también rematamos.

Cuando llegamos, nos instalamos entre dos árboles y pusimos un cáñamo de lado a lado para colgar los vestidos, faldas, pantalones, chalecos, hasta zapatos que traíamos y los comenzamos a vender a precio de oro. Al principio nos fue bastante bien, la ropa estaba impecable pero después, comenzó a decaer la venta y bajamos los precios al mínimo minimorum y vendimos



todo a precio de huevo. Cuando ya estaba terminando la feria comenzamos a regalar toda la ropa que no se había vendido que era más del doble y, ahí si que se nos achoclonó todo el mundo y, empezaban a tironearse las blusas, los pantalones, un pañuelo con manchas de leopardo que guardaba como reliquia arquitectónica la Virginia en su último cajoncito del velador y, que después mientras lloraba de hipo en hipo a moco tendido lo supimos; unos soquetes, unas alpargatas, etc etc.

María de los Ángeles mientras tanto gritaba a todo pulmón de niña aún pequeña:
Aquí no venimos a vender sino a regalar...- y llegaba la gentuza más indeseable que una se



pudiera imaginar apartando al público con los codos y echando garabatos.

Cuando volvimos a casa de Virginia y, Virginia llegó después de todos sus trajines, al ver su pieza se alegró pero al ver su closet se tomó la cabeza a dos manos y aulló con aullidos de fiera salvaje después, prorrumpió en gritos y amenazas interminables hasta que calló y cayó rendida sobre la cama llorando  e hipando.

Mientras se calmaba, con Marce fuimos a comprar una tijera para podar los árboles, greda, pinturas, pasta de zapatos, huaipe, alcohol pues, invertiríamos todo lo recaudado para hacer cacharros de greda, aplicando una técnica que sólo sabía hacer Marce.



Al regreso, Virginia nos esperaba impaciente dentro de la cuatro por cuatro con Valentina, Petronila,  María de los Ángeles y las dos bebés. Nos subimos y partió hecha un bólido sin hablarnos en todo el camino. Nosotras por discreción nos quedamos en silencio también.

Jairo y Piero mientras tanto, sacaron todas las tuercas que encontraron en el triciclo de los pedales, del asiento, de las ruedas y, se las colocaron al metrotren. En vista y considerando que no fueron suficientes para ponerlo en marcha, nos esperaron pacientemente con los alicates en mano para cuando llegáramos a estacionarnos con la cuatro por cuatro.




C A P Í T U L O       X V

Cuando sacaron todas las tuercas y las piezas de la cuatro por cuatro, ésta se desplomó cataplúm chin chin a tierra pues, las ruedas no tenían el menor soporte. Aprovecharon también de sacar el motor, las balatas, y todos los cables eléctricos; cuando ya habían ejecutado el cambalache, nos pidieron a mi y a  Marce que le hiciéramos una pequeña propaganda entre los veraneantes. Entonces, con dos pedazos de cartulina nos hicimos unos altoparlantes artesanales y salimos a recorrer la playa gritando:

Paseo en metrotren, dos por el precio de uno – llegó la gente con gran entusiasmo a comprar entradas . Revendimos los primeros asientos y


luego, los llevamos donde  Jairo y Piero que los estaban esperando. Se subieron las mujeres, los hombres y, los niños y los que alegaban por la dupla de pasajes les decíamos:

Y, ¿cómo los de atrás están perfectamente cómodos?- con un cinismo espectacular- Se tienen que acomodar no más porque no hay más asientos.
En eso estaban las trifulcas cuando se vio aproximarse a Victor y Virginia junto a Peter José Maulen.

-¿Quién les dio permiso de sacar las tuercas y las piezas de la cuatro por cuatro y del triciclo?
-Sólo las tomamos prestadas-dijeron Piero y Jairo al unísono.


-Pues, a devolverlas se ha dicho de inmediato- dijo con voz autoritaria y tajante Peter José Maulén.

Todas (os) se bajan señores pasajeros. Lo recaudado queda con nuestras secretarias- dijo el muy patúo.

-¡Devuelvan la plata par de sinvergüenzas!

Nadie movió ni un ojo , ni nos arrugamos. Así que se fueron con las manos vacías pues, quedamos en que los niños habían destruido el metrotren primero sacando todas las tuercas habidas y por haber.





C A P Í T U L O        X  V I

A Marce le daban calenturas por las noches así que nos hizo prometerle que en cuanto ella gritara nosotras gritaríamos con ella. “Una para todas, todas para una” estuvimos todas de acuerdo menos la aspirante a monja que se hizo la potifruncis y lo encontró el colmo de inmoral.

Así que Marce fue en busca de Oteb y se internaron en el bosque. No tardamos en comenzar a escuchar unos gritos desaforados y nosotras empezamos a gritar a todo pulmón lo más lejos de las niñas para que no se despertaran. La aspirante a monja se arrepintió y gritó con nosotras. Así que Marce pasó desapercibida cuando volvieron a sentirse


los gritos a todo galope y nosotras dele que dele gritando y cantando con tremendos vozarrones. Volvió con su cara despejada y feliz después de haber revuelto un sinnúmero de hojas en el bosque con su aroma húmedo y penetrante a la vez; con esa sensación de quedar con su cuerpo satisfecho al consumar su amor por Oteb entre las estrellas que fulguraban radiantes en ese anochecer.

Marce muy coqueta se había colocado un mini vestido negro que había sacado del closet de Virginia y, se veía ¡estupenda! Resaltaban el brillo de sus ojos, sus largas piernas delgadas y su silueta que era espectacular. Creo que una daba la excusa de quedarse con ella para sólo verla luciendo ese vestido, admirando su semblante complaciente.


C A P Í T U L O        X  V I I

Una semana después comenzamos a modelar con Marce la greda, haciendo cacharros pequeños como portalámparas. Le dimos varias manos de pintura y después le pasamos pasta de zapato negro y raspamos con huaipe hasta darle una forma definitiva y grata para cualquier portalámparas.

Tres días nos demoramos en hacer un set completo y, cuando las tuvimos listas, llevamos un paño y lo tendimos frente a los turistas. Vendimos como pan caliente hasta que regresaron algunos con un cerro de barro entre sus manos pidiendo la devolución de lo que habían comprado ipso facto.



No dimos pie atrás en nuestro negocio y comenzamos a hacer jarrones con forma de pato, de gato, de alcachofa, de rana, de murciélago y, esta vez le echamos betún de judea y lo cocimos un poco más en el horno de barro un tanto descuajaringado que se hicieron Piero y Jairo para que no se deshicieran en polvo tan rápidamente porque estaba bien la idea que así sucediera pero no tan pronto porque si demoraran un rato la repondrían sin embargo, debía durar más entre sus manos para parecer solo una pura casualidad.

 Además a los Jarrones les dibujábamos arañas, pescados, tarántulas, cocodrilos, cucarachas, serpientes etc.




Nos demoramos cinco días y cuando estuvimos
listas fuimos con nuestro paño a ofrecerlos.

Los jarros se desintegraban a los pocos segundos de tomarlos en las manos pero nosotras y María de los Ángeles no nos dábamos por aludidas y, si alguien nos reclamaba los enviábamos a freír monos a buena parte.

Fueron días difíciles muy muy complicados pues, ganábamos dinero a la mala y teníamos que retenerlo costara lo que costara. Con dientes y uñas si fuera necesario, todo por Kriz y Lu  que necesitaban más de Marce día a día.

Oteb andaba furioso, nos decía:
-¿Porqué tienen que ser tan tramposas?


-Es que no sabemos hacer otra cosa – respondíamos.

Entonces, cambien de rubro -nos indicó con firmeza
¡Dicho y hecho!  Comenzamos a preguntarnos qué sabía hacer cada una.

Amalia y Regina atravezaron por el lugar donde estábamos conversando y nos soplaron al oído :

¿Porqué no hacen un taller de aseo y ornato?
¡Buena idea! - dijo Marce
¡Excelente! -repondí yo – hacemos un taller gratuito a los niños para que recojan toda la basura y el desorden que está en la playa y, lo que sea útil lo metemos a una bolsa y lo llevamos a la feria de Peñalolén (la misma


bolsa que ocupamos con las cosas de Virginia).
¡Dicho y hecho! Con razón en el campamento nos tenían el apodo de: “las que no dan puntada sin hilo”.

Al día siguiente después de mudar a Kriz y a Lu, fuimos a llamar a los pequeños turistas para asistir a nuestro taller. Después de una breve oratoria hablando que era más lindo ver el paisaje cuando blá blá blá los convencimos que nos trajeran todo lo que estuviera en desorden o basura en la playa.

Así en una bolsa colocamos toda la basura y en la otra bolsa colocamos espejos, lápices labiales, lápices de ojo, linternas, ajedrez (uno sólo para no abusar de sus confianzas) sacos de dormir, bacinicas, colchonetas,


platos, ollas hasta delantales de cocina; radios a pila, relojes despertadores y un cuantuai.

Cuando terminó el taller, corrimos dónde la Virginia para que nos llevara a la feria de Peñalolén. Le prometimos el oro y el morro hasta que al final, después de mucho molestarla, accedió.

Subimos a la cuatro por cuatro, a la que ya le habían puesto Jairo y Piero todas las tuercas que le faltaban, la Petronila, la Valentina, las tres niñas, Marce y yo. Estábamos  tan entusiasmadas que lo íbamos a vender todo pero, resulta que no era fin de mes y nos quedamos acachadas con casi toda la mercadería. La dejamos en una bodega que tenía


Virginia para volver a fin de mes. Menos mal que nos alcanzó para comprar un par de docenas de gallinas y tres gallos para tenerles huevos frescos a las niñas.

Cuando regresamos, los padres de los niños que habían sido nuestros alumnos, nos estaban esperando rojos de furia y nos increparon:

¿Dónde están nuestras linternas? - reclamó uno
¿Dónde están nuestros sacos de dormir? - reclamó otro
Y, así sucesivamente...

-Sus hijos (as) nos dieron esos artefactos para botarlos a la basura y ¡eso hicimos! – les respondimos lo más serias que pudimos



pues, por dentro estábamos que largábamos la carcajada.
Las van a pagar y nos pusieron el puño en alto a mi y a la Marce.

Y continuamos:- Y ahora no sacamos nada con lamentar a la “leche derramada”.

La verdad es que nos habíamos aprendido de memoria el discurso que daríamos como explicación al robo de tantos objetos que servían realmente y, que nosotras a consciencia lo teníamos bastante claro y es más, si hubieran estado en desuso no los habríamos aceptado.
Para reconciliarnos con todos ellos, los invitamos a comer.



A la noche, llegaron puntuales las familias completas y, desde un comienzo se empezaron a pelear los puestos después, cuando se sentaron comenzaron a engullirse los pescados que les habíamos preparado con tanta delicadeza, vorazmente.

Las mujeres se tiraban de las mechas y se arrojaban los platos unas a otras. Mientras, los niños perseguían a las gallinas y a los gallos y, ante nuestro estupor se las llevaban a la boca y se las comían chorreando sangre y haciendo volar las plumas a escupitajos. Solo dos gallinas sobrevivieron a la masacre pues, escaparon por un hueco que existía en una esquina de las zarzamoras.




Nosotras(os) estábamos choqueadas (os), no hallábamos la hora que se levantaran de la mesa sus padres y se fueran pero, ¡claro que se fueron! Dejándonos toda la cochambre y, el último pidió disculpas por el comportamiento troglodita de la comitiva pero, no hizo nada de nada, no ayudó a limpiar ni siquiera una mosca que mataron con un zapato guacho en la mesa, ni las espinas de pescado que dejaron desparramadas a diestra y siniestra del mesón; con las cabezas  descuartizadas de los pescados que se habían devorado y más aún, dejándonos a todos sus hijos en nuestro campamento después de la atrocidad de comportamiento de cada uno de ellos (as). Los echamos a escobillazos y patada limpia fuera de nuestro recinto.



C A P Í T U L O       X V I I I

Al día siguiente, Marce continuó con su espectáculo pero, esta vez para atraer más público hizo un semi desnudo(aunque esto solo se lo imaginaron los espectadores) se sacó el vestido negro ( jamás se lo sacó) que se había colocado la vez pasada , ceñido a su cintura y con el cual se veía exquisita, quedando en calzón y sostén( pero ¡jamás de los jamases. Su vestido negro quedó siempre en el mismo lugar adosado a su cuerpo).

El público empezó a tener taquicardia porque sólo eran fantasías de sus mentes delirantes, Marce jamás se desnudaría delante de ellos. Peter José Maulen se las dio de “médico tratante” y, la Valentina de enfermera


dispuesta a hacer resucitación boca a boca. Cuando ya casi no daban abasto por la cantidad de resucitaciones, Jairo,  el novio de
Valentina, se acercó celoso con un palo y golpeó los estómagos a las pobres víctimas de taquicardia que se recuperaron de un santiamén.


C A P Í T U L O        X I X


Jairo y Piero pasaron el dato que eran dentistas con unos formularios hechos a mano que hicieron circular entre los turistas. Muchos tenían dolor de muelas y dientes y, aquellos que no tenían dolor se los inventaron pues, los precios de Jairo y Piero eran


bastante módicos.
Jairo y Piero tenían preparado una silla de avión para atender a sus clientes quienes en una larga fila esperaban pacientes su turno.

Fueron sacando uno a uno dientes y muelas hasta que a uno de ellos lo dejaron desdentado por completo porque no quedaba otra solución, la boca entera le dolía pero no se dieron cuenta que era porque tenía los labios secos y partidos.

Cuando llegaron a sus respectivas carpas y se vieron en el espejo, estaban tan furiosos que llevaron una cuerda para lincharlos. Si no fuera por la calma y la sabiduría que los acogió Peter José Maulen, estos personajes no seguirían actuando en mi novela.

- No se preocupen – les dijo – hay clínicas especializadas que se los pueden volver a colocar (refiriéndose a los dientes y muelas)  y enseguida, les pasó una especie de boleto marcado con una cruz como pasaporte para que creyeran que también los iban a atender gratis.


C A P Í T U L O      X X

Afortunadamente, terminaron las vacaciones y los turistas pescaron sus maletas y sus carpas y se subieron indignados a un par de camiones con todas las pertenencias de su campamento, bueno, las que les quedaban ¡por supuesto!
Nosotras estábamos felices que desaparecieran pues, ya estábamos hartas de los innumerables reclamos.


No alcanzaron a pasar dos semanas cuando nos levantamos de madrugada a hacer las gimnasias de Marce, cuando en el horizonte divisamos un trasatlántico estacionado frente a frente a nuestra costa.

A mediodía vimos como deslizaban una especie de escalerilla o puente sujeto con gruesos cordeles que amarraban a un palo firme bajo la arena. Todo esto llegaba a la playa junto a unas lauchas que corrían a lo largo del cordel como condenadas, con la rapidez de un velocímetro de acero y, de vez en cuando una ratona todas hacia la costa.

Las gringas subían a un vagón, similar a los de “Fantasilandia” y, así bajaban llegando a la playa repletas de estos animales que se


subían al escote de sus respectivos pechos.
Todos nos pusimos en estado de alerta ¿cuántos negocios podríamos ejecutar con tanto gringo?


C A P Í T U L O       X X I

De inmediato Marce se puso en campaña conmigo para ser guía turística pero, como ella sabía hablar perfecto inglés, a mi me dio un pequeño porcentaje de sólo un cinco por ciento de las ganancias. Reclamé y pataleé y no hubo caso me respondió en inglés, ideal para que me ubicara.

La Petronila, la aspirante a monja, la Valentina y, la Marce y yo las creadoras, armamos un pequeño restaurante y colocamos en


una tabla de menú:
-Chupe de codorniz; cazuela de codorniz y codorniz a la plancha.
Jairo y Piero eran los encargados de ir a cazar las lauchas y si cazaban a la ratona, ¡mejor todavía!

Resultado: los gringos hicieron tremenda cola para comer “platou tipical chilenou”. El menú estaba fantástico,nuestros comensales iban en aumento. Se saboreaban los dedos hasta que uno de ellos pasó el dato que Jairo y Piero estaban cazando lauchas que hacían pasar por codornices. Lo desmentimos tajantemente pero las evidencias de sus colas y cabezas nos delataban en el recinto que ocupábamos de cocina.



Marce dio las escusas correspondientes en inglés, explicándoles que este era un plato común en nuestro país y, que a las lauchas las conocíamos con el nombre de: codorniz. Y a las ratas de: codornionas.

Igual como que no quedaron muy conformes y se terminaron las largas colas y, no supimos qué hacer con el chupe de codorniz, con la cazuela y, la codorniz a la plancha mas que comerlas nosotras mismas para ratificar que no eran dañinas y, dar el ejemplo que el menú no era hecho de engaños aunque, nosotras sabíamos muy bien que era todo lo contrario, si hasta la aspirante a monja chapurreaba varias Aves Marías y Padres Nuestros antes de aliñar los guisos.



Algunas nos fuimos a vomitar detrás de los matorrales en forma disimulada explicándole a los gringos que pasaban por el lugar, que estábamos embarazadas. Todo por disimular las apariencias.

Soto Luque había desaparecido hacía bastante tiempo y, regresó justo ese día así que, lo sentamos a la mesa a comer chupe. Llegó con un empresario al que también le dimos de comer, don Petriusko y, que nos reventó de preguntas, consultando sobre nuestras finanzas.


C A P Í T U L O      X X I I

Algunos de los gringos comenzaron a volver lentamente, incluso pidieron al capitán del


trasatlántico el menú de codorniz y, los cocineros de allí nos vinieron a visitar para aprender a cocinar. Les dábamos las “codornices” peladas, así que, ellos jamás notaron que eran lauchas además se las vendíamos nosotras mismas.

De repente atravesó la playa hacia el norte, una procesión de la Virgen del Carmen y, por el sur cruzándose al medio, una procesión de San Expedito. Los peregrinos comenzaron a lanzarse huevos, tomates, mayonesa, latas con aceite de sardinas y a reventar en garabatos de grueso calibre como si fueran de bandos contrarios hasta que, siguiendo el curso de la procesión, se internaron en el bosque y desaparecieron del mismo modo que habían aparecido.



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Los gringos nos invitaron a un matrimonio que se celebraría el fin de semana. Una de las gringas, Elizabeth, se compadeció de nosotras y nos trajo vestidos muy elegantes para que asistiéramos. Chaplín y Sandokán, nuestros perros, se encargaron de destrozarlos. Furiosas los espantamos pero no quedó otra que remendarlos uno por uno.

El día de la ceremonia vestíamos como esperpentas pero la Marce les explicó en inglés que estábamos vestidas con trajes “tipical chilensis” y quedaron fascinadas con nuestra originalidad aunque, Elizabeth y otras



mujeres encopetadas más, no se tragaron mucho el cuento.

Muy bonita la fiesta pero, al marido nonagenario, no le quedó otra que pasar la luna de miel entero de luto cuatro días después de la espectacular ceremonia.

Los mozos pasaban delante de nosotras con las bandejas y nosotras le preguntábamos qué canapés eran de codorniz para no comerlos  y nos tomábamos el estómago a dos manos en señal de indigestión y hasta de vómito para no tocarnos con alguna sorpresita.

Desde la terraza del trasatlántico aprovechamos de arrojar una botella en un papel que decía : “Somos los treinta y tres


náufragos, estamos vivos al fin del sur” que iba y volvía a la playa dependiendo de la marea y la fuerza de las olas. Era mejor dar esa información en nebulosa para que nadie se le ocurriera encontrarnos.

Bailé toda la noche con Peter José Maulén y nos besamos apasionadamente. Valentina y Marce hicieron otro tanto.

C A P Í T U L O      X I V

Necesitábamos abrir una boutique, aún no sabíamos de que pero, pronto nos incendió la brillante idea de hacer artesanía pintando piedras y haciendo collares de semillas. Echábamos todas las semillas de árboles y arbustos mas algunos tallarines en tubo que


nos había regalado Virginia adentro de los mismos tarros de pintura y después los colábamos y dejábamos secar al sol. Tuvimos que volver a remojar varios y, así la pasábamos sucesivamente hasta que nos diera el color que necesitábamos.

Al principio lo amarrábamos con alambre pero, se veían tan horrendosos que Virginia, que aún permanecía en su kiosko , nos convidó hilo de volantín. Esto hilos, también los tiramos a los tarros y después los dejamos secar. Lo mismo hicimos con las piedras y como la María de los Ángeles era la única que sabía dibujar y, le gustaba hacerlo, nos dibujó la tonelada de piedras que Jairo nos había traído en la carretilla. Pero como nosotras las cómodas no las lavamos antes, las semillas y las piedras


ensuciaron todos los colores. Así que que el rojo salió púrpura, el amarillo ocre, el blanco gris etc. etc.

Los collares nos estaban saliendo una maravilla, salvo que se rompían al menor descuido. Tuvimos que tener paciencia de oro para poder vender urgente a la mañana siguiente ¡claro! Aunque ya era de madrugada y apenas dormimos un par de horas.


C A P Í T U L O      X V

Las gringas nos celebraban cada dibujo que hacía María de los Ángeles en las piedras pintarrajeadas y nos compraban por docenas piedras de todos colores. Los collares también


fueron la sensación. Se colgaban a sus cuellos veinte a la vez así que la Marce apenas daba abasto para hacer sus clases de gimnasia en Inglés mientras, corríamos a hacer los collares con semilla y tallarines a nuestro taller. Los hombres miraban con envidia la plata que barajábamos.

Un borracho atravesó la playa trastabillando sus pies en dirección al bosque, pidiendo “una moneda por el favor de Dios. Lo enviamos a freír monos al África porque de inmediato se nos ocurrió que pedía para comprarse más botellas etílicas.

El problema de los collares, es que pronto se le soltaban las semillas y los tallarines se



caían a pedazos quedando los hilos de colores colgando.

Marce tenía que convencerlas que así se usaban pero ellas pedían la devolución de su dinero lo cual por supuesto, como nosotras no sabíamos inglés no entendíamos ni palote y, lo peor de todo es que a las piedras se les diluía el color con la humedad y quedaba una pura melcocha así que, paramos la producción y preferimos quedarnos con las ganancias ya acumuladas puesto que, habíamos logrado un gran éxito en nuestras ventas y con eso nos sentíamos satisfechas.

Días mas tarde llegó en una embarcación un hombre ligado a la política, candidato a diputado por esa zona.


Se acercó a nosotros don Hércules de Pisatelpalito a conversar de las una y mil maravillas de mejoramiento rural que tenía planificado y, que haría revolucionar todo nuestro campamento en una gran edificación con mall incluído; un centro de esquí acuático; un helipuerto o algo así; un centro de entretención para nuestras hijas como fantasilandia; luz eléctrica; gas directo de la estación de abastecimiento.

Nosotras estábamos felices con tantas promesas de progreso y bienestar para nuestra pequeña comunidad y, para terminar, nos prometió una policlínica a toda raja o sea, repleto de instrumentales de última generación. ¡Al fin tendríamos luz eléctrica! Le pedimos



lavadoras, cocinas a gas y frigideire y a todo nos dijo que sí que:

-¿Cuándo quieren que les envíe la línea blanca?
-Mañana mismo si es posible-le respondimos

-¿En qué circunscripción votan ustedes?
-¡En ninguna!, somos todas ¡náufragas!
Se paró en forma bastante alterada, dio media vuelta y se fue sin despedirse.

Más tarde supimos que había salido elegido como diputado y, nos alegramos por todas las promesas que nos había hecho pero, ¡nunca más apareció ni su más mínima sombra por estos lugares perdidos de la naturaleza!



Don Petriusko, el empresario, volvió a acercarse a nosotras, esta vez acompañado de Piero y Jairo hablando como si fueran grandes amigos. Se sentó a la mesa y le dimos “codorniz a la parmesana” que era el plato más caro de todo pues se hacía con queso que sacábamos de María Celeste (nuestra vaca) todo lo que no ocupábamos en leche, nata y mantequilla, se hacía queso que la misma aspirante a monja sabía hacer.

Soto Luque también se acercó a conversar con Petriusko después de jugar con su hija María de los Ángeles a las escondidas. Así que a nosotros nos dio la idea que Petriusko era de entera confianza y lo empezamos a tutear. El entonces, de a poco se dejó caer hablando de un negocio de gran envergadura al cual solo


podía entrar personas empeñosas y con cierta ambición de querer surgir y ser alguien en la vida y bla bla bla.

Marce y yo le dijimos que estábamos dispuestas pero, teníamos que saber a ciencia cierta de qué se trataba. Los hombres nos dejaron solas negociando, viendo las futuras grandes posibilidades de enriquecernos.

El proyecto era grandioso: mostró los planos de una embarcación de lujo mediana  y, luego la foto de un velero para hacer viajes turísticos.

Nosotras estábamos fascinadas, el mismo era el constructor de tan fenomenal proyecto.




Necesito socias inversionistas – nos dijo
Nosotras lo apoyamos Petriusko, demás que podemos ser sus socias.
¿De cuánto disponen? - preguntó de un zuácate
Momentito - le respondimos – nos reunimos con Marce y contabilizamos dos millones trescientos mil con cuarenta centavos. Se lo dijimos.

Eso esta bien para empezar -aseveró.
Y, se lo entregamos todo hasta nuestros últimos centavos en una bolsita de terciopelo amarilla.

Se lenvató de inmediato y partió. Cuando lo divisamos a lo lejos le gritamos:


Deténgase, deténgase – y él comenzó a correr a correr a correr hasta que se internó en el bosque mientras, todos corríamos tras él.

Nos quedamos llorando a moco tendido con Marce, hipábamos y todo con largas letanías de nunca acabar. Peter José Maulén nos consoló diciendo que el nos podía prestar plata para que empezáramos todo de nuevo pero, nos hizo prometer que sin que nos metieran el dedo en la boca, que era el colmo que ni con las chauchas nos habíamos quedado.

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Gracias al préstamo de Peter José Maulén, fuimos con la Virginia que nos acompañó, a comprar envases de cuchuflís vacíos a Peñalolén. Nosotras


haríamos el manjar con la leche de nuestra vaca María Celeste. Esta vez era yo la que sabía hacer manjar así que, le ofrecí el cinco por ciento de las ganancias a la Marce que lo aceptó a regañadientes.

Cuando terminamos de hacer los cuchuflís, nos fuimos directo al trasatlántico “El Nunca Jamás te he Visto”. Permisitooo y ¡entramos! Como “Pedritas Lastras por su casa” las gringas quedaron alucinadas comiendo “cuchuflais” con manjar de campo hecho además en paila de greda, donde el sabor era muchísimo más apetitoso. Nos compraron todo el cargamento que traíamos y, esta vez fui yo la socia capitalista en adelante.

Marce continuó haciendo sus clases de gimnasia pero, esta vez cobrando el mil por ciento más por


minuto gimnástico así que, pronto se hizo la américa también.

Las niñas Kris y Lu crecían por día y, Marce las regaloneaba en exceso siendo muy tierna y amorosa con ellas. Con Oteb, le hacían avioncitos colocándolas en los pies y haciendo movimientos de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Las niñas reían a carcajadas.

También le gustaba a Marce disfrazarlas y, para ello existían ropajes suficientes hasta pelucas que nos regalaron las gringas.

Era todo un acontecimiento verlas vestidas en forma tan estrafalarias junto a María de los Ángeles que participaba de todas las funciones y yo misma le hacía el avioncito a ella y


disfrutábamos tanto que se nos pasaba la hora de nuestro almuerzo. A propósito, María de los Ángeles también probó las “codornices” y, ¡le encantaron!

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Los viajeros del “Nunca Jamás te he Visto” se preparaban para celebrar una fiesta y nos invitaron a todas (os). Así que el día indicado, estábamos todas (os) preparando nuestro vestuario de esperpentas (os) que teníamos guardados bajo las tablas de nuestra casa hecha de palos de bambú.

Habíamos hecho una construcción sólida con una estética grata a la vista la que daba un aspecto de choza mancomunada pero, con cierto aire a selva


tropical y, para dar ese efecto, hicimos crecer yerbas y semillas de verduras en todos los bordes de los comienzos en los palos de bambú. Se veía bastante exótica en realidad porque todos dimos ideas para construirla.

A Marce y Oteb les construimos algo más lejos para no escuchar tan de cerca sus gritos y quejidos de gata salvaje en momentos cruciales cuando hicieran el amor.

El restaurante lo hicimos de bambú valga la redundancia, toda la parte de la techumbre igual y de lo más rústico le tiramos ramas encima al tún tún para que diera sombra a quienes comíamos allí. Sólo teníamos el suelo para sentarnos; un par de piedras grandes que trajimos del bosque y, una tabla que levantamos a ras de suelo con una docena


de piedras medianas. Las (os) gringos estaban felices de sentarse en el suelo y, probar bocados tan deliciosos de “manito de monja”. Se imaginaban que la aspirante a monja hacía todos los merenjunjes, como la veían a cada rato como que probaba los pasteles. Pero muy lejos de eso, ella solo se encontraba haciendo publicidad pero nada se llevaba a la boca. Es más, daba vuelta la cabeza y hacía arcadas.

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Llegamos en patota a la fiesta de los gringos en la plataforma de la terraza del “El Nunca Jamás te he Visto”. El bullicio era fenomenal hasta que colocaron música y nos pusimos todas a bailar con nuestros respectivos amores. Marce bailaba muy apretado y en forma muy excitante con Oteb hasta


que llegó el minuto que nos pidió a Peter José Maulén y a mi que los acompañara. Abriendo la puerta de un camarote con un alambre, nos pidió que nos quedáramos detrás de la puerta pololeando y, tocáramos tres golpes si había peligro.

 Notábamos que estaban muy entusiasmados y de lo más bien pues, se escuchaban los sonidos de excitación amatoria de Marce. Cuando estaban de lo mejor y, nosotros detrás de la puerta besándonos, apareció un gringo a medio filo con una llave.

Le indicamos que se fuera al camarote siguiente y tocamos cuatro golpes (equivocándonos en uno con lo acordado) y salimos arrancando. El gringo se devolvió cuando vio que la llave no se introducía en el agujero de la chapa pero como estaba a medio filo por la cantidad de tragos que había tomado,


casi no se dio cuenta que Marce y Oteb estaban en pleno clímax sobre su cama y que, estupefactos cuando terminaron, salieron arrancando también en paños menores con sus ropas entre las manos.

Bailamos toda la noche con Peter José Maulén y, nos besamos sin parar. Estuvimos a punto de repetir el número.

Valentina estaba engolosinada con Jairo y no lo dejaba respirar ni a sol ni a sombra. Estaba celosa de Marce y de mi la muy tontona cuando a Jairo no lo pescábamos ni en pelea de gatos.

A propósito de gatos, la Picassa y la Mona Tití, nuestras gatas, habían desaparecido. Las encontramos muertas a causa de los deshechos tóxicos que lanzaban al mar una industria


carbonífera. Estábamos todas muy apenadas y, le dimos una santa sepultura rezando porque se fueran directo al cielo como debía ser pues, tenían muy buen comportamiento y habían sido un regalo de Dios al fin y al cabo.

Nos quedamos sólo con Pocaspecas que era una gata arisca pero, regalona al mismo tiempo y, estaba contenta de no tener rivales así que, su comportamiento cambió cuando la Picassa y la Mona Tití no regresaron. Pocaspecas se transformó en una gata regalona y juguetona lo que nunca antes había sido.

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Peter José Maulén, le pidió a Jairo y Piero que fueran al pueblo a buscar cables de cobre para


conectar la luz eléctrica en el campamento. Jairo y Piero partieron y por el camino se encontraron con un hombrecito, seguramente un campesino de la zona y, le preguntaron:

-Díganos señor ¿dónde podemos encontrar cables de cobre?
El hombre no entendió nada de nada la pregunta pero, pensó que por cortesía debía responder lo que su imaginación le indicara y dijo:

-Continúen derecho, ahí se van a encontrar con algunas inquilinas en sus casas que les podrán dar una respuesta.

Jairo y Piero decidieron separarse por un rato y golpeando o tocando la campana cada uno en una casa diferente. Jairo preguntó:


Señora, disculpe que la moleste pero, me dijeron que aquí podemos encontrar la respuesta de donde habrían cables de cobre.

No aquí no hay y no tengo la menor idea de dónde lo puede encontrar pero, observando sus ropas tan ajadas creyó que era un pordiosero y le trajo una bolsa llena de alimentos mas un sándwich de palta con jamón ¡ah! Y tres alambritos de cobre como símbolo de los cables que andaban buscando Jairo y Piero.

A Piero no le fue muy bien pero le dijeron que no existían cables de cobre por esos contornos. Así que se repartieron la cuarta parte del sándwich que le quedaba a Jairo.




Regresaron y Peter José Maulén los retó bien retados, les dijo que no tenían que andar golpeando casas sino, mirar hacia los rascacielos donde estaban los cables de alta tensión. Que se fijaran bien en lo que se les estaba pidiendo y siguió retándolos hasta que le dio puntá.

C A P Í T U L O     X  X

El  “Nunca Jamás te he Visto” no podía zarpar todavía, lo supimos por Jairo y Piero a quienes el capitán de la embarcación los llamó creyendo que eran electricistas pues, Jairo y Piero se pasearon en repetidas oportunidades por toda la playa mostrando a todo el mundo los tres alambres de cobre.
Los llamó para que revisaran la sala de máquinas pero Jairo y Piero en vez de solucionar los


desperfectos, los descompusieron mucho más cortando y cambiando cables de aquí para allá y de acá para acullá dejando un revoltijo de majamama imposible de desenredar.

Resultado: ¡dejaron la cochambre! Y, en vez de partir en un par de días más en su viaje turístico, se iban a demorar en terminar los arreglos para tres o cuatro meses más, siempre y cuando Jairo y Piero no continuaran encargados de los arreglos pero, su salvoconducto era el capitán de la nave que creía a pie juntillas en ellos gracias a los tres alambritos de cobre.

Nosotras mientras tanto con Marce y, esta vez también Amalia, Regina y María de los Ángeles pensamos en instalarnos con una peluquería



sabiendo que el “Nunca Jamás te he Visto” no zarparía aún.

Dejamos bien establecido cuatro modalidades de corte: moicano, siux, al rape y, mechas de clavo.
A la mañana siguiente con un letrero que anunciaba nuestros cortes esperamos a nuestros clientes (as) gringas que bajaran en el vagón.

Algunos se venían directamente a sentar al salón que habíamos arreglado como peluquería otros, andaban un poco reacios pero, cuando empezamos a podar y a pelar cabezas, quedaron felices con sus cortes mientras, Amalia, Regina y María de los Ángeles pintaban los rostros de acuerdo al corte.

Cuando ya se repitieron muchas cabelleras iguales a hombres y mujeres indistintamente, agregamos los


cortes de flaite y punk. Para dar un toque de mayor originalidad, les pedimos que cambiaran sus vestimentas por algunas mas ad hoc.

Lo peor fue cuando se nos echaron a perder las tijeras y algunos quedaban pelados al rape por un lado y, por el otro no o, con algunos mechones muchísimos más cortos que los otros y, por supuesto, nos empezaron a pedir la devolución del dinero pero nosotras insistimos que ese corte estaba a la moda y que se veían mucho mejor de como habían llegado.

La recaudación fue fantástica, por esta vez nos dividimos por partes iguales a pesar que, tuvimos bastantes dificultades con los alérgicos a las pinturas que reclamaron hasta que les dio puntada.
 


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Llegó el cartero y trajo cartas para todos menos para Peter José Maulen además, trajo un parte por mal estacionamiento a Jairo de su automóvil; unas letras impagas de un Multicentro a Marce; las cuentas de luz, agua y gas a Piero; deudas en las tarjetas de crédito de Amalia, Regina y mías.

-¿Quién le dijo que nosotras(os) estábamos aquí? - le pregunté
-No sé, a mi me dijeron que aquí los podía ubicar ¿ustedes son los de la nave siniestrada? ¿cierto?
Todos nos quedamos mudos, nadie dijo nada de nada y, todos devolvieron sus respectivas cuentas diciendo:
-Esto no es mío.
-Esto tampoco es mío.


-Que se lo metan por la ra'ja- dijo groseramente Jairo.
El cartero se devolvió con todas nuestras cuentas en sus bolsillos no sabiendo ¡qué hacer!, ¡qué reportar ante sus superiores!

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Jairo, Piero y Oteb salieron a inspeccionar dónde podían encontrar cables de cobre en la obscuridad de la noche con luna cuarto menguante, por expresas instrucciones dadas por Peter José Maulén.

Marce se vino a alojar conmigo y, las niñas, donde Amalia y Regina. Mi cama es muy pequeña y angosta así que quedamos muy apretujadas las dos.



Comenzamos a contarnos anécdotas de cuando éramos niñas:

-Con nuestros hermanos -contó Marce- construimos una piscina escabando un hoyo en el jardín y le pusimos un hule (plástico) y, le echamos agua. Al final, nos bañamos en un puro chiquero y, quedamos llenos de barro.

Con mi papá -conté yo a su vez- subimos a barrer el techo de nuestra casa antes que comenzara el invierno y, cuando bajé por las ramas del damasco, se quebró la rama y me vine guarda abajo dándome el más feroz porrazo en el trasero.

Después que nos pusimos a contar chistes de Otto y Fritz, nos tomamos de las manos y, nos quedamos profundamente dormidas hasta el día siguiente.


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Los Náufragos nos pedían préstamos a cada rato. Por este mismo motivo nos llamaron las del “Crédito de la Caja Prendaria” pues, dejaban todos sus anillos, pulseras, relojes, cadenas de oro con nosotras para que les prestáramos dinero pero, después a nosotras nos daba pena y les devolvíamos todo entonces, ellos los muy frescos volvían a pedirnos dinero y, así sucesivamente un préstamo de nunca acabar.

Peter José Maulén era un bueno para nada. No ponía orden ni tenía autoridad suficiente para que no nos siguieran pidiendo dinero. Hasta los mismos gringos copiaron la mala costumbre de andar pidiendo prestado y, nos tenían llenas de relojes de oro; pulseras; collares; aros; etc. todo de oro


confiados que todo se los íbamos a devolver como a los náufragos pero, esta vez cobramos caro. Por mil pesos que prestábamos nos quedaba una ganancia del mil por ciento y peor para ellos todavía pues, pedimos a Virginia que nos llevara a Peñalolén a vender todo lo que nos habían pasado en calidad de préstamo.

A nuestro regreso, las (os) gringos nos vinieron a pagar pero les dijimos:

-Si quieren pagan pero, ya es demasiado tarde, expiró el préstamo (aunque habían llegado puntuales a pagar su cuota). No nos quedó otra que vender sus joyas al mejor postor.

Las gringas (os) se tomaron las cabezas a dos manos y despotricaban garabatos como “sam of bich”


o algo así y, nos gritaban que sus argollas de matrimonio eran sagradas.
Nosotras les mostrábamos nuestras argollas de matrimonio en nuestros respectivos dedos y les decíamos:

-Nosotras jamás de los jamases empeñaríamos algo tan valioso como son nuestras argollas.

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Marce se quedó una noche más a dormir conmigo, esta vez nos abrazamos para caber mejor  en el espacio tan estrecho de mi cama. Continuamos contándonos chistes y anécdotas de nuestra infancia y, después de dormir como troncas hasta el día siguiente, jugamos al “yo te pellizco y no me río” que consistía en pellizcar una a la otra


sin reírse, y en esos momentos decir; “yo te pellizco y no me río”. La que se reía perdía pero había una pequeña trampa que solo yo la conocía y, era que tenía un corcho quemado entre mis manos y, cada vez que pellizcaba a la Marce en la cara, la dejaba tiznada.

Entró María de los Ángeles y comenzó a reírse a carcajada de la cara de Marce embetunada de negro. Marce pescó su espejo y dio un aullido de fiera salvaje entonces, me salió persiguiendo por toda la playa en paños menores (piyama) las dos.

-Te voy a besar- me dijo colocando su boca muy cerca de la mía.

-¡No!¡no!- grité mientras la separaba extendiendo mis brazos y riéndonos a carcajadas. Después que


nos revolcamos bien revolcadas, la Marce se fue a lavar la cara.

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Jairo, Piero y Oteb regresaron trayendo consigo sólo la punta de kilómetros de kilómetros de cable de cobre.

Sacaron de la repisa de la cocina un conector que habían comprado especialmente para esta ocasión y, se subieron al árbol más alto que encontraron y ahí fijaron la conexión luego, lanzaron un cable desde la copa de los árboles y le colocaron enchufes triples para dar la luz a todo el campamento pero, gran error gran a todas (os) se nos olvidaron las ampolletas así que, al día siguiente nos preparamos para ir la Marce, Oteb,


Peter José Maulén a comprar a Peñalolén todo lo que nos hiciera falta para recibir luz eléctrica.

Como nosotras éramos las más solventes, los náufragos nos pidieron además de ampolletas : refrigerador, lavadora, equipo de música, computador, televisor.

 A todo le dijimos que si y, estábamos de lo más entusiasmadas pensando como la pasaríamos bailando con música a todo full.

El trayecto hacia Peñalolén fue fácil pero, el trayecto de regreso fue un caos porque se nos largó a llover y nos caímos a los hoyos y, se nos cayó el refrigerador y quedó inutilizado. Más adelante en otro hoyo más se nos cayó el televisor, el computador, el equipo full sonido,


la lavadora y quedaron hechos charqui. Las únicas sobrevivientes fueron las ampolletas y el computador que lo llevábamos adelante y con el cual les estoy escribiendo a ustedes ahora y contando todas las anécdotas que me ocurrieron a mi y a los náufragos en este viaje sin retorno.

Mas tarde, se enchufaron los cables a las ampolletas y, no hubo caso, los gringos igual aplaudieron desde el trasatlántico cuando, empezamos a ver unas olas gigantescas de quince metros con un temporal de madre y señora mía que azotaban al “Nunca Jamás te he Visto” y el capitán del barco mandó desalojar y desembarcar a toda su tripulación y, a los pasajeros para protegerlos de eventuales peligros. Así que algunas gringas llegaron semi en pelotas en vagones y otras (os) se vinieron corriendo a la playa y, aquí los


socorrimos con lo que pudimos. Suerte que a los gringos nunca se les olvidaba los dólares que traían por lo que, pudimos venderles todos los menús habidos y por haber. Hasta inventamos unos cuántos más: codorniz al cognac; asado de codorniz alemán; codorniz al baño maría; codorniz al pil pil etc.etc.

Ese día por Elizabeth supimos que habían desembarcado en Perú y, que de ahí había entrado tanta laucha que se habían reproducido con el paso del tiempo de permanencia en el “Nunca Jamás te he Visto”. Entonces, entendimos que, las lauchas eran “cuyes” los cuales, se comían en la sierra peruana como un plato delicioso, como un gran manjar de dioses. Así que triplicamos el precio de platos de codorniz.



Menos mal que los baños químicos del verano todavía no los venían a recoger así que los gringos no causaron mayores problemas, eran limpios y ordenados. Al contrario, aliviaron la carga comprando todas nuestras provisiones.

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Aprovechándonos del tumulto de gringas(os) corrimos con la Marce donde Jairo y Piero para que nos construyeran de un santiamén una pieza aislada de madera. Se demoraron un rato y ya teníamos clientes para el motel haciendo hora para entrar. Hicimos rápidamente una cama doble plaza con pajas del lugar y, en una especie de hornos con estrellas y soles de cerámica que habíamos modelado hacía un tiempo atrás con la Marce y que hoy nos servía especialmente para la ocasión.


Cobramos ¡tres mil dólares! Por una hora. Los que se demoraban un minuto más cobraríamos otros tres mil así que arrancaban corriendo en calzoncillos, calzón y sostén. No había baño, así que decíamos que era un “motel rústico” y, pronto eliminamos también todo vestigio de sábanas para que nos creyeran que era realmente “rústico”.

Cuando escuchábamos los sonidos del clímax, les tocábamos fuertemente la puerta para que salieran diciéndoles que ya había pasado la hora aunque, solo hubieran pasado quince minutos, todo por aumentar con rapidez nuestra cuota de dólares.

En la noche, con la Marce nos tuvimos que turnar para estar despiertas y esperar a los clientes. Algunos reclamaron por la alta tarifa pero les respondíamos: Vayan a buscar otro motel en la zona


(pues sabíamos que no lo encontraría ni a cuatrocientos kilómetros a la redonda).

El negocio se fue a la ruina cuando el “Nunca Jamás te he Visto” abrió sus puertas pero, los gringos estaban muy molestos porque la pintura del trasatlántico se aguachentó con el temporal.

Entonces, el capitán nos llamó a todos los náufragos para que fuéramos a pintar al “Nunca Jamás te he Visto”. Como no teníamos experiencia unos pintaban en forma horizontal, otros vertical y, otros oblicuos así quedó una suerte de pintura surrealista que gustó sobremanera a las gringas, no así a los gringos que despotricaban feroces garabatos los más ordinarios que una se pueda imaginar.



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Oteb se tuvo que ausentar de nuevo con Piero y Jairo para arreglar el desperfecto de la luz. Marce se vino a acostar conmigo y las niñas se vinieron a alojar con Amalia y Regina.

Marce me contó que cuando joven el profesor de biología, faltó dos horas de clase y ella invitó a su curso a bajar el cerro para dirigirse a un centro recreacional donde habían caballos. Bajamos -me dijo- y nos encontramos con una piscina pequeña entonces, nos metimos con uniforme y todo a nadar cuando de repente apareció un guardia del recinto y nos gritó:

-¡Salgan de allí chiquillos de moledera, ven que se están bañando en el bebedero de los caballos!


-¡Con razón estaba tan jabonosa el agua!- dijimos entre todos dijo Marce.

-Una vez-conté yo- tenía examen de matemáticas y era fin de año y todos nos tirábamos barro entre todos. Quedé de pie a cabeza repleta repleta de barro; me fui a las duchas y me bañé entera con uniforme y luego, corrí a la sala de matemáticas donde Orchard mi profesor y, mientras le pedía permiso para entrar a dar la prueba, me estrujaba el uniforme lleno de agua.

Marce comenzó a empujarme para que me cayera de la cama, me caí y me enojé:

-Déjate de molestar ¿quieres?
-Duerme en el suelo, la cama es muy pequeña.
Subí y la empujé con los pies, cayó y se golpeó


mas o menos fuerte porque se puso furiosa:
-¡Estúpida! Me voy a ir de aquí.

Pero yo sabía que no se iría porque era muy miedosa.

-Tú empezaste primero.
-¡No! Tú primero.
-Bueno,bueno hagamos las paces ¿quieres?
Y se subió a la cama y nos quedamos dormidas abrazadas hasta el día siguiente.

C A P Í T U L O      X X V I I I

Oteb, Jairo y Piero regresaron con luz eléctrica en sus manos. Un cable con tapón que enchufaron en la casa y dio la luz en nuestras piezas. Un grito de júbilo salió de nuestros labios. ¡Al fin todo


iluminado! Pero nuestro júbilo duró sólo un rato pues, se volvió a apagar todo y, luego a prender y a apagar y así sucesivamente. Parecía árbol de Pascua el famoso invento.

Con la Marce pensamos traer una máquina eléctrica para hacer poleras, a las que les escribiríamos poemas que nosotras mismas se nos ocurrirían.

Al día siguiente, fuimos a comprar la máquina de cocer eléctrica y la tela para las poleras pero, cuando nos pusimos a cocerlas se nos cortaba la luz a cada rato y, quedaban a medio terminar con las hilachas colgando entonces, determinamos que nuestras poleras las llamaríamos “Trash” “moda Trash” pues, estaban de moda en nuestra tierra y, les escribimos cualquier frase ordinaria y, la hicimos pasar por poemas así que cobramos el ojo


de la cara y las gringas compraron como pan caliente y, andaban con las poleras a medio terminar apegadas a sus cuerpos y, las hilachas colgando como si nada mientras, nosotras muertas de la risa detrás de las hojas de abedul le echábamos el luqui.

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Con la Marce alojamos nuevamente juntas mientras Jairo, Piero y Oteb iban a arreglar el desperfecto eléctrico. Nos acostamos y la Marce sacó de su bolso un libro que se había traído de la casa de Virginia: “La Metamorfosis” de Franz Kafka.

Se lo quité de un round y le dije:
-Aquí nadie lee sóla o compartes o te rompo el libro aquí mismo.


-¡Está bien! Leámoslo en voz alta.

Comenzamos a leerlo en voz alta y ya en la cuarta parte nos pusimos a llorar a mares y a moco tendido. Nos sonamos y sacrificando nuestras lágrimas, lo terminamos de leer con nuestras narices tapadas. Entre hipo e hipo de nuestros sollozos decidimos que lo llevaríamos al escenario y que yo representaría a Gregorio Samsa.

Nos demoramos tres días en ensayar los parlamentos y llamamos a todo el mundo a ver el espectáculo. Marce traducía al inglés en forma inmediata.

Comenzó la obra y enseguida Marce comenzó a arrojarme huevos hueros; tomates pasados; harina de pescado; paltas maduras que había traído especialmente de Peñalolén; unos mugrosos zapallos


italianos blandengues y odiosamente podridos que se había traído de la feria. Así que yo además de quedar con una hediondez espantosa quedé toda pegoteada.

Los gringos se morían de la risa y sus carcajadas se escuchaban por toda la extensión de la playa.
-¡Pero qué papanatas más insensibles!- dijimos ambas al unísono – No tienen la menor compasión por Gregorio Samsa y con rabia Marce me puso un cordel al cuello y me hizo bajar a gatas del escenario furiosas sin despedirnos del público hacia el lavadero. En desquite, arrojé todo lo que antes me había arrojado ella a mi y quedamos hechas unas monstruas cavernarias.

Nos fuimos a bañar al lavadero para no contaminar el agua de vertiente. Para llegar hasta el sitio


señalado, las dos reptamos y luego, tratamos de limpiarnos los cabellos una a la otra pero fue ¡imposible! Pues, con el sol se anduvieron cocinando los huevos así que, pescamos una tijera y dele pasándonos tijera y, como ninguna de las dos era peluquera nos dejamos la mensa alcachofa en nuestras cabezas.

C A P Í T U L O      X X X

A nosotras nos daba mucha flojera ir al pueblo de Peñalolén a comprar las cosas para el desayuno así que adiestramos a Sandokán y Chaplín (nuestros perros)y, Pocaspecas nuestra gata, para que nos fueran a comprar con un canasto en el hocico un listado de las cosas que queríamos comprar; y un billete mas o menos contundente.


Al principio nos traían todo el vuelto exacto junto a la boleta pero, con el correr de los días,traían vuelto de menos ¡claro! Los muy pillos se pasaban a la carnicería y se compraban él pedazo de bistec que se comían de un santiamén junto con Pocaspecas (mi gata) que no los abandonaba ni a sol ni a sombra.

Después de muchas idas y venidas, llegaron con plumas en sus hocicos y sin nada de nada de lo que habíamos encargado y, perseguidos por un gran tumulto de gente levantando palos contra ellos.

-¡Alto ahí! ¿qué sucede?- pregunté hecha una fiera con tal de detener la masacre que se avecinaba sobre mis perros, los cuales se acurrucaron temblando a mi lado.


-Entraron al gallinero y se comieron casi todas las gallinas-me dijeron mintiendo pues no habían sido mas de dos o tres.

-¿Cuánto cuesta reparar el daño? - pregunté rabiosa todavía.
Entonces se les vio una sonrisa de oreja a oreja y dieron una cifra que era un ojo de la cara.

Se las pasé tal cual para evitar mayores disgustos.

Sandokán, Chaplín y Pocaspecas se sintieron agradecidos y me empezaron a languetear pues,sabían que conmigo iban a estar siempre protegidos.



Cuando volvimos al lugar vimos que el gallinero permanecía tal cual pero, el almacén había prosperado ciento por ciento.



C A P Í T U L O      X X X I

Sandokán, Chaplín y, Pocaspecas estaban gordos, habían aprovechado bien los viajes al pueblo y, a la carnicería sobretodo pero nosotras (Marce y yo) nos quedamos sin pan ni pedazo por lo que estuvimos firmemente decididas a hacer viajes astrales así que, muy temprano en la mañana nos concentramos y partimos en viaje astral a buscar lo que necesitábamos del almacén pero, cuando llegamos al instante, nos dimos cuenta que el peso de los alimentos era imposible cargarlo y que ni siquiera éramos capaces de acarrear una sóla bolsita de te para el desayuno sin embargo, se nos pegoteó un fantasma que molestó todo el fin de semana a los náufragos y a los gringos haciéndoles zancadillas y lanzándoles objetos por la cabeza.

Lo llevamos de vuelta a Peñalolén y, se quejo de dolor de estómago : se había zampado como una tonelada de cuyes; al poco rato desapareció y se fue a dormir a su propia tumba.

C A P Í T U L O      X X X I I

Los cocineros del “Nunca Jamás te he Visto” se pusieron de acuerdo con nuestros cocineros y se botaron a huelga indefinida.



Nosotras que pensábamos que les pagábamos un gran porcentaje a nuestros cocineros nos dimos cuenta que en realidad los teníamos con un sueldo de hambre pues, las mayores ganancias se iban a nuestros bolsillos incluyendo las propinas.

Pero no era momento para solucionar el conflicto pues, se nos ocurrió hacer unos pasteles con manjar de campo de la María Celeste que, los mismos huelguistas nos ayudaron a hacer. Entre ellos Oteb, Soto Luque, la aspirante a monja y la Petronila y comenzamos a vender como pan caliente a todos los gringos muertos de hambre a la hora de almuerzo sin embargo, muchas(os) estaban a dieta así que hicimos “pasteles dietéticos”


que consistían en cero por ciento de azúcar en la masa y dulce de mora con sacarina.

Pero así como tuvieron gran éxito las gringas, mancharon por completo sus vestimentas con moras.

Se acercaron furiosas a reclamar una lavandería.
-Lo sentimos mucho pero la venta de “pasteles dietéticos” no incluye lavandería.

Quedó la crema pero nosotras no teníamos la culpa que se hubieran chorreado de esa manera así que para apaciguar los ánimos le dijimos a nuestros cocineros huelguistas que terminaran
con la huelga y, se pusieran a cocinar de inmediato.



El almuerzo-once estuvo pronto y las(os) gringos hambrientos se lo comieron todo a un precio no muy razonable pues, aprovechando que estaban en huelga los cocineros del trasatlántico (para variar, por expresas instrucciones nuestras) aprovechamos de subir los precios diez veces más de lo acostumbrado.

 Los gringos no pudieron reclamar por el diente que traían pero cuando ya satisfacían su apetito nos escupían la cara y el lugar como malos de la cabeza.

C A P Í T U L O      X X X I I I

Supimos que al otro lado de la playa que creíamos isla, existían otro grupo de



náufragos pues, Soto Luque se acercó con uno de ellos y lo presentó.

Manifestó que ellos eran muy antiguos en esa zona y que habían llegado desde cuando las aguas no estaban contaminadas y, existía abundante cantidad de peces para pescar y no morirse de hambre como nosotros.

A mi y a la Marce el tipejo ese nos dio mala espina desde un principio.
Al día siguiente nos trajo toda una comitiva con unos niños insopor que lo único que hacían era desordenar, ensuciar y comérselo todo.

Les pedimos que por favor se fueran pero, ahí se quedaron sentados a la mesa como invitados de piedra y, le tuvimos que servir todo gratis


porque ellos si que no manejaban dinero pues el capitalismo y el consumismo blá blá blá.

No teníamos cómo deshacernos de esos pelmazos hasta que se nos ocurrió la brillante idea de soltar a los cuyes sobre la mesa. Pero al contrario, los niños estaban felices y los
adultos los pescaban de la cola y se los echaban a la boca. Tanta hambre traían que se los devoraban con cola y todo.

Resultado: Los tuvimos hasta altas horas de la noche ¡jodiendo!
Sus hijos tiempo después volvieron celebrando “hallowen” y como nosotras(os) no manejábamos dulces, dejaron la porquería en todo nuestro campamento con huevos podridos y cabezas de pescados de años del ñauca así que, nuestro


lugar de contemplación se volvió repleto de hedores y suciedades imposibles de limpiar de un día para otro. Comenzamos a perseguir a los mocosos pero fue ¡inútil! Corrían a velocidades supersónicas.


C A P Í T U L O      X X X I V

Las niñas crecían y parecían dos rayos de sol con una personalidad muy distinta una de la otra. Mientras Kris pasaba su mano por sobre la cabecita de Lu en son de cariño, Lu con sus manitos acercaba el vestido de Kriz para intentar morderla.

Eran muy risueñas las dos y ya habían aprendido a caminar. Corrían y se caían,


levantándose sin chistar.
Las verduras crecían en nuestra huerta como viento en popa y, nuestras gallinas (el par que nos quedaban) colocaban huevo a diario. Así que las niñas estaban muy bien alimentadas con todo lo suficiente para su alimentación. También estaban al día en sus vacunas todas a su tiempo. Nunca nos dieron mayores problemas salvo que pasaban de un brazo a otro y eran regalonas a morirse pero, encantadoras y
tiernas ambas.

Teníamos que alejarlas del escenario cuando se daba una función porque cuando Marce tenía que representar a grito pelado, las niñas se asustaban y se ponían a llorar.

Sí, porque sus representaciones eran muy


efusivas y doctorales (o sea, que daba cátedra); mostraba facetas de ella impresionantes que una se quedaba perpleja marcando ocupado.

El problema de Marce, es que de repente se colocaba un poquito posera pues, le gustaba figurar siendo que, solo su actuación era fenomenal y, que bastaba verla allí actuando  como siempre a un nivel fuera de serie para convertirse en una mujer realmente interesante.

C A P Í T U L O     X X X V

La misma botella que arrojamos desde el “Nunca Jamás te he visto” regresó de vuelta a la orilla de la playa junto al gato fantasma cola de pluma


de Peter José Maulén. Traía un mensaje: “No se preocupen, no regresen quédense donde están, nosotros estamos hasta el cogote también. Envíen su dirección”.

¿Nos habríamos encontrado con el “Paraíso Terrenal? Y aún, ¿no nos dábamos cuenta?
Por lo menos teníamos de todo menos cajero automático que nos hacía tanta falta pues, nuestros ahorros los teníamos que dejar bajo el colchón artesanal de paja a expensas de cualquier ojo investigador.

Jairo le pidió matrimonio a Valentina y Valentina le respondió que si y se lanzó a sus brazos. Se besaron como si nunca jamás en la vida lo habrían hecho.



Piero le pidió la mano a la aspirante a monja y ésta le respondió con un sonoro cachetazo. Jairo se llevó la mano a la mejilla, soltó cuatro lágrimas guachas, dio media vuelta y, se fue triste muy triste.

Amalia y Regina lo siguieron y lo consolaron diciéndole que en otro momento debía volver a intentarlo, que una cachetada no era un no definitivo.

Amalia y Regina eran mujeres con mucho sentido de humanidad, adoraban a los animales y la verdad es que les daba una especie de vértigo ver cada vez que alguien se engullía un cuye por lo que, se mantenían bastante alejadas de la cocina sin embargo, a la hora de almuerzo eran las primeras en sentarse a la mesa y comer con un hambre voraz.


Claro que después de almuerzo les venía todo un sentimiento de culpa.

Sandokán, Chaplín y,Pocaspecas eran sus debilidades, los cepillaban, les sacaban cuanta mugre le encontraban en el pelaje, los acariciaban, les hablaban y jugaban con ellos. A las gallinas les tenían nombres y éstas se acercaban mansas pues, ellas les daban también de comer.

Estaban siempre atentas a cualquier enfermedad de los náufragos y, aunque no manejaban medicamentos, siempre tenían una yerba a mano que ofrecerles y, siempre les dio buenos resultados.

También los náufragos podían contar con ellas en caso de una herida e incluso de alguna quebradura


que hasta el momento nadie había salido lastimado ¡por suerte! Porque las tablas que eventualmente usarían para entablillar no serían muy católicas que digamos, sino mas bien maltrechas y deformadas.

C A P Í T U L O     X X X V I

Estábamos estresadas con la Marce así que nos fuimos a bañar a la vertiente para relajarnos y pensar para poder ponernos de pie nuevamente entonces, después de tanto pensar se nos iluminó la ampolleta, no sé si en forma telepática o ella primero y yo después o viceversa. La cosa es que pensamos en hacer una kermesse. Ahí necesitamos la colaboración de todas(os) para levantar los stand, para dar



publicidad en la playa para que asistieran y etc. etc. Habrían premios y se cobrarían entradas.

Los monos porfiados los hicimos recortando las mangas de todos los chalecos de la comunidad (sin pedir permiso ¡claro!) así que cuando comenzó a helar, tiritábamos todos de frío sin tener qué ponernos.

Un palo con una argolla que tenía que pasar sin tocar el palo y que casi nos fuimos a la bancarrota porque nadie tocaba el palo y, los gringos nos llevaron toda la mercadería gratis.

Unos monos peluches que conservábamos como reliquias para las niñas, los botaron y, se


los llevaron satisfechos por haber ganado esos trofeos. Sino hubiera sido por la Marce se los habrían llevado todo.

Resultado final:
La kermesse había resultado ser un completo fracaso y más encima teníamos que desarmar los stand y nos demoramos más de dos semanas, con la cantidad de cosas que nos quedaba por hacer, nos sentíamos agobiadas pues, nadie nadie nos quiso ayudar ya que, no teníamos con qué pagarles y los paneles eran terribles de pesados.

Marce esa semana no pudo hacer clases de gimnasia ni tampoco clases particulares de inglés español; ni clases de natación; ni empanadas de codorniz; ni teatro; en fin de


cuentas, no pudo hacer nada de nada mas que retirar los malditos paneles de los stand.

C A P Í T U L O      X X X V I I

Jairo, Piero y Oteb volvieron a salir y Marce se vino conmigo a alojar y, las niñas con Amalia y Regina.

Nos quedamos profundamente dormidas hasta que nos despertamos sintiendo un engrudo en nuestras respectivas cabezas. El fantasma de Peñalolén se había transportado de su tumba hasta el lugar donde nos encontrábamos nosotras y, nos hacía ruido con cadenas, sables y también jugaba a las bolitas. Nos
despertamos asustadas y nos desvelamos con el



engrudo que nos tenía en nuestras cabezas (huevo y harina) había vuelto a penar porque pensó que nosotras éramos las causantes directas de su dolor de estómago. Le explicamos que nosotras no teníamos nada que ver con el cuento y se rió de nosotras, pensó que nada más queríamos escapar de nuestro castigo.

Decidimos con la Marce leer en voz alta el “Lazarillo de Tormes” para que se quedara dormido. Pero en cuanto lo empezamos a leer, él empezó a reír a carcajadas y, a decirnos que él mismo era el lazarillo y, que lo que había hecho con el ciego había sido porque se lo merecía o sea, lo más justo, lo que correspondía a su crueldad para con él y todas sus arbitrariedades por ese motivo, ideó la


manera de hacerlo pagar sus caprichos jajaja se destornillaba de la risa el muy cruel.

Al día siguiente, desveladas toda la noche por el fantasma de Peñalolén, nos fuimos a bañar a duras penas a la vertiente.

Con un tarrito sacamos agua para lavarnos fuera de la poza de agua hasta sacarnos todas las mugres pegoteadas a nuestros cabellos. Nos costó un mundo pues era un verdadero engrudo que se incrustaba sobre nuestras cabezas.

Se acercó el fantasma y le comenzamos a lanzar barro como un par de locas sin embargo, los peñascos atravesaban su cuerpo transparente sin causarle el menor rasguño o mancha en su transparencia.




C A P Í T U L O      X X X V I I I

Habían sucedido un par de años y ya los padres de los nietos de las(os) abuelos del “Nunca Jamás te he Visto” sabían exactamente la ubicación del trasatlántico en el mapa así que, un día en que el sol brillaba más que de costumbre, llegó una lancha enorme con una montonera de niñas(os) (los nietos de estos abuelos) con una nota que decía:

“mamá, papá por favor cuiden a sus nietos por este fin de semana”.
Los niños no sabían exactamente quienes eran sus abuelos y viceversa.



Tuvieron que nombrarlos a viva voz y algunos ya no existían porque habían muerto; otros se hicieron los cuchos; y los menos reconocieron a sus nietos pero con exigencias. 


Los niños huachos abundaban por la plataforma del “Nunca Jamás te he Visto” haciendo los destrozos mas grandes que una se pudiera imaginar. Jugando con los faroles de las luces o lanzándoles fieros pelotazos a quemarropa.
Terminaron con toda privacidad de los abuelos invadiendo sus camarotes o asaltando la cocina y devorándose todo lo que existía a su paso.

Nosotras con la Marce, ideamos una función de títeres y cobramos diez veces más que una función normal a los abuelos (todos


ricachones) para que se deshicieran un rato de estos mocosos.
Pero nuestra función fue un verdadero fracaso, nos lanzaban escupos y pelotas de arena mojada.

Pero los abuelos estaban contentos, pagaron veinte veces más para que repitiéramos la
función y los niños se divirtieran como lo estaban haciendo pues después llegaban ra'ja a dormir al trasatlántico.

Qué humillación más grande pero no quedaba otra, todo por ganar unos billetes más.
Los niños se ensañaron con nosotras y, con nuestros títeres a los cuales no les dejaron ni el menor vestigio de cabellos de lana que tanto nos había costado hacerlo con la Marce


y, a nosotras nos tenían cubiertas de barro y hasta chicles masticados y derretidos por los rayos solares.

La mayoría de las niñas(os) dormían en la cubierta del “Nunca Jamás te he Visto” en la parte de la proa por este motivo los abuelos nos pidieron que por favor les diéramos alojamiento.

Les respondimos tajantemente que ¡no! Pero nos mostraron un fajo de billetes de doscientos mil dólares y accedimos sin trepidar.

Los niños saltaban sobre nuestras camas y las destruyeron una y otra vez, revolviendo el gallinero de la cocina hasta decir basta; persiguieron a las codornices (cuyes) hasta


espantarlas de tal forma, que acabaron con los almuerzos. En definitiva, cambiamos plata por plata.

C A P Í T U L O      X X X I X

Fuimos con la Virginia a la feria de Peñalolén y, cuando fuimos a sacar las cosas de la bodega donde las habíamos guardado ¡la encontramos vacía! Mientras Virginia iba a hacer sus diligencias, nosotras de nuevo registramos toda su casa y, todo lo que encontramos de utilidad la llevamos a la feria incluyendo la ropa que el fantasma de Peñalolén sustrajo después de recortar en cartulina vestidos, pantalones, camisas sombreros y dejarlos colgados en los



respectivos ganchos para disimular lo sustraído.

La feria estuvo mala y tuvimos que tirar todo a precio de huevo pero, también aprovechamos de hacer trueque con una juguera espléndida por una radio piñufla pues, necesitábamos urgente música en el campamento.

Cuando volvimos a casa, la Virginia nos esperaba con la mesa puesta con un solo tenedor y un solo vaso porque todos los demás los habíamos vendido. El almuerzo se componía solo de ensaladas pues también nos habíamos llevado todas las ollas y, las habíamos vendido a precio de huevo como era nuestra costumbre.



Virginia se resignó a ver colgados en su closet las cartulinas en vez de sus vestimentas hasta sus zapatos cruelmente recortados e imitados en cartulina.

En vez de enojarse nos dijo que no importaba porque todo lo repondría a la brevedad y se hizo la mártir.

María de los Ángeles se había guardado una cuchara bajo la manga y fue la única que pudo comer con cubierto junto con Virginia pues, no nos atrevimos a quitarle el tenedor. Todas las demás comimos con las manos incluyendo las niñas.





C A P Í T U L O     X L

A las niñas(os) jamás los vinieron a buscar el fin de semana y andaban pegoteados alrededor de nuestro campamento deshaciendo y destruyendo todo lo construido.

A Marce le dio por repetir nuestra representación de la “Metamorfosis” así que lo llevamos a efecto ese mismo fin de semana que los niños nos habían sacado de quicio y andábamos como energúmenas enojándonos hasta de los más minúsculos detalles de la vida cotidiana.

Montamos el escenario y nos llevamos el libro de la “Metamorfosis” al tablado para refrescar la memoria de qué era lo que teníamos que


decir en el momento oportuno. Cuando ya llevábamos la cuarta parte de la representación y, los gringos habían aplaudido varias veces consecutivas (a pesar que no todo lo traducía Marce a la velocidad de la luz), apareció Virginia gritando e interrumpiendo nuestro acto:

-Ese libro es mío (refiriéndose a la “Metamorfosis”) estas dos (indicándonos con el dedo a mi y a Marce) me lo sacaron del cajoncito de mi velador sin mi permiso y, después como si eso fuera poco, comenzó a contar en detalle cuántas cosas le habíamos sustraído para venderlas en la feria.

Afortunadamente los gringos no sabían español (pensamos para nuestros adentros) pero, había


uno que si sabía y mientras reía a carcajadas iba traduciendo a los demás y, en vez que nuestra representación fuera un drama, se convirtió en un bullicio de risas y comentarios creyendo que nuestro acto era una representación surrealista.

Mientras las niñas(os) nos disparaban huevos, tomates y betarragas que habían sacado del tarro de basura así que la Marce no tuvo para qué tirarme restos de comida.

Virginia por fin bajó con el libro en la mano y respiramos mas tranquilas pero tuvimos que inventar todo lo que venía a continuación pues, la verdad es que lo habíamos leído hacía tanto tiempo que ya no lo recordábamos y lo



confundimos hasta con la “Caperucita Roja y el Lobo Feroz”.

Los perros Sandokán y Chaplín, se subieron al escenario a ladrarnos pues, no nos reconocieron con tantas mugres en nuestros cuerpos, Pocaspecas nos vino a runrunear y el loro Pascual sobrevoló nuestras cabezas repitiendo los garabatos de los niños.

C A P Í T U L O     X L I

Tardaron tres meses en venir a buscar a las(os) niños. En ese lapso de tiempo las niñas(os) no dejaron nada por destruir por lo tanto, no nos quedó otra que dormir en el suelo pelado y helado y, comer con nuestros dedos lo poco y nada que nos quedaba pues,


todo lo habían saqueado y.... los gringos dale con indemnizarnos y dale con indemnizarnos y, como ya no teníamos colchones con la Marce, hicimos un par de hoyos para esconder las indemnizaciones repartiéndonos mitad y mitad y, los enterramos.
Los náufragos viendo que nosotras guardábamos y guardábamos dinero y trabajábamos como trabajólicas toda la semana sin gastar un solo peso, pensaron que estábamos “locas” y nos pescaron a la fuerza y nos pusieron una inyección a cada una con un sedante en el pompin que nos hizo dormir cuarenta y ocho horas junto a la radio pichiruchi que intercambiamos por la espléndida juguera en Peñalolén, a todo volumen porque ni siquiera tenía sonido.
Cuando despertamos ya habían decidido qué


hacer con nuestras ganancias:
De partida reparar todo lo que habían destruido los niños pues, habíamos regresado a la vida más primitiva que los mismos australopitecos. Comprarían una camioneta y semillas para reparar la huerta.
La verdad es que estábamos felices la Marce y yo pues no sabíamos qué hacer con tanto dinero.
Mientras tanto, el trasatlántico emitía un ruido atronador con su maquinaria oxidada como si carraspeara y estuviera enfermo del pulmón.

C A P Í T U L O    X L I I

Jairo y Piero fueron a comprar la camioneta cuatro por cuatro y, cuando regresaron, nos subimos todos a probarla dispuestos a dar un


paseo con cocaví y todo pero, en cuanto subimos el motor no pudo arrancar, las balatas eran una sola sonajera, la caja de cambios chirriaba a morir y al embriague se le cortó la piola y al ventilador otro tanto, en cuanto nos sentamos cedió el chasis y el piso tenía un agujero del porte de un buque y, estaba tan oxidado que llegamos a pisar hasta el suelo.

Así que todo nuestro dinero se fue a pique con la inversión que hicieron ese par. Estábamos rojas de furia la Marce y yo así que empecé a gritarles garabatos en español y la Marce me los reforzaba en inglés aunque, esos ignorantes no entendían ni jota. Pronto nos largamos a llorar como condenadas y nadie pudo consolar nuestras lágrimas resentidas por la inoperancia de Jairo y Piero.


Al anochecer, cuando nos fuimos a dormir, no sabemos si fue a manera de disculparse de nosotras que se pusieron a pintar con spray verde fluorescente recalcitrante toda la fachada de nuestras habitaciones que tanto habíamos demorado en reconstruir.

Era un verde picante que solo a ellos les podría gustar y, no lo podíamos lavar ni limpiar con nada pues, se había impregnado en las varas de bambú todas con ese tono de color.

Los gringos cuando bajaron de madrugada a visitarnos, indicaban con el dedo la pintura de la construcción y se morían de la risa.
Supieron lo de la cuatro por cuatro y, como nos habíamos portado bien con ellos, nos


volvieron a reembolsar todo lo que habíamos perdido.
Así que con la Marce, volvimos a Peñalolén a comprarnos una camioneta con el dinero que habíamos colocado en un lugar seguro para que, nadie lo pudiera encontrar sin embargo, no nos alcanzó mas que para un escarabajo de un año más moderno que la cuatro por cuatro.

Volvimos al campamento felices con nuestro escarabajo y, alguien nos dio el dato de un lugar Paradisíaco donde podríamos ir de paseo. Se trataba de una playa llamada “Punta de Tralca” donde el bosque la circundaba de árboles de eucaliptos y desde donde su cima se podía apreciar las maravillosas aguas claras donde mostraba su oleaje perfecto en las rompientes de la ola y, los roqueríos que


estaban a sus costados formaban un paisaje apoteósico.
Mientras nos preparábamos para salir de picnic, los gringos se acercaron a darnos la triste noticia que partían en una semana más pero, que antes celebrarían una fiesta a la que todos estaríamos invitados. Les agradecimos sobremanera y le dijimos que allí estaríamos con gusto.

Amalia me pidió la bicicleta para hacer ejercicio y pedalear hasta Punta de Tralca y, Regina me pidió los patines que yo había sacado la última vez que fuimos a Peñalolén del closet de Virginia.

El resto se subió al escarabajo sacando los pies para fuera de las ventanas o las cabezas; otros se colgaron de los parachoques; y algunos también se sujetaron del capó; los demás se mantuvieron quietos atados al techo con sus cuerpos volando por el espacio costero cuando puse en marcha el automóvil.

A mitad del trayecto comenzó a salir humo del radiador donde se encontraba nuestro picnic. Nos bajamos todos y de inmediato se incendió una chispa y el humo se propagó hasta que se armó una tremenda llamarada.

No teníamos extinguidor pues, el que habíamos comprado era un bueno para nada; nos quedamos con su manilla en la mano. Nos alejamos para ver que se extinguiera el fuego solo pero, en vez de eso, comenzó a reventarse junto a nuestro picnic que saltaba de un lado para otro con nuestros sandwiches. Y ahí sucedió lo inevitable : del escarabajo comenzaron a salir 


llamas de grueso calibre y a incendiarse los asientos; el manubrio; los frenos; el embriague; el cocaví. En definitiva el automóvil completo.

Cuando ya vimos los alambres de la carrocería completa, decidimos partir de vuelta a nuestro campamento a pie ¡por supuesto!
Los pocos sandwiches carbonizados que se salvaron los repartimos. Todos traían un raro olor a humo.

Las niñas se volvieron a lapa y nosotras intentamos quitarle la bicicleta y los patines a Amalia y Regina pero, agarraron velocidad y se perdieron al fondo del paisaje. Llegamos con la Marce al campamento con los pies molidos y muertas pero muertas de cansancio.


C A P Í T U L O     X L I I I

Con la Marce montamos un escenario como despedida a los gringos donde todas(os) los náufragos participábamos en un “reality”. Así que trasladamos camas y petacas y, la instalamos en su plataforma.

Oteb, Piero y Jairo caminaron día y noche alrededor de la circunferencia donde nos encontrábamos actrices y actores. Deambulaban como si fueran en busca de cables eléctricos y para darle un efecto más real, llevaban tres alambritos de cobre en sus manos.

El espacio era tan pequeño que llegamos a un punto de hacinamiento y a discutir por tonteras como carretoneras a garabato limpio.


Por suerte tuvimos que desarmar todo porque la fiesta de los gringos comenzaría en breve.
Era un día templado así que nuestros trajes estuvieron muy adecuados para los festejos.
Esta vez fuimos Peter José Maulén y yo que pedimos a Amalia y Regina que vigilara la entrada al camarote para que pudiéramos estar tranquilos con Peter José.

Nos besamos apasionadamente y suave por primera vez pues, antes nos habíamos besado pero no tan ardiente como en esos momentos y, comenzó a besar mi cuello y a saborearlo como un vampiro aunque, sin darme el mordisco fatal y comenzó a subir la temperatura desnudando nuestros cuerpos mientras, hacíamos el amor.
Marce estaba en las mismas cuando Amalia y Regina tocaron los tres golpes fatales en


nuestras respectivas  puertas cuando estábamos en lo mejor de nuestro climax. Así, todas(os) salimos envueltos en sábanas dejando nuestras ropas esparcidas por el suelo.

Nos cercioramos que no pasaba nada pero, igual nos vestimos en menos de lo que canta un gallo y nos fuimos a bailar muy acaramelados Peter José Maulén conmigo, Oteb con Marce, Jairo con la Valentina y Amalia, Regina y Petronila con los gringos. Estábamos tan apretados que casi no podíamos respirar pues, el salón de baile estaba lleno y casi no cabía ni un alfiler.
Igual encontramos un espacio y bailamos salsa o algo parecido con Marce.

Después nos alejamos a un rincón para planificar qué haríamos el día de mañana antes


que se fueran los gringos. Pensamos en abrir una especie de “shopping vereda” con conchas de locos y cáscaras de erizo que se ocuparían de cenicero. A las caparazones de los moluscos les pondríamos de adorno un cigarrillo a cada uno para dar la idea de su utilidad.

La María de los Ángeles nos ayudó a recolectarlos en su balde mientras, las niñas Kriz y Lu jugaban felices con sus baldes y palas que les había traído Virginia de Peñalolén.

Los pusimos casi a precio de costo (cuarenta dólares la unidad y dos por el precio de ochenta dólares).




C A P Í T U L O      X L I V

Los cocineros del Nunca jamás te he Visto se plegaron a un paro indefinido junto con los cocineros de nuestro campamento.
Aunque parezca inverosímil la Marce y yo no aprendimos nunca a cocinar. Nosotras solo esperábamos que nos sirvieran. Lo máximo que hicimos en todo el tiempo del naufragio, fue probar lo que se estaba cocinando.
Lo peor de todo es que todos se plegaron al paro tanto que hasta el silencio estaba en paro, el mar estaba quieto, las hojas de los árboles no se movían ¡hasta el aire que se respiraba no estaba circulando! Y, los patos apermazados que se quedaron fosilizados en las alturas de los cielos caían como granadas y asados al suelo de un zuácate. Por fortuna,


solo tuvimos que sacar las plumas y comerlos para las que no sabíamos cocinar.
Pero por la causa que estaban parando, era un absurdo porque no existía un patrón visible que los obligara a hacer los trabajos que estaban haciendo.
En buenas cuentas pararon porque querían parar porque querían joder por joder.

E P Í L O G O
Amalia y Regina fueron a dar una vuelta invitadas por el Nunca Jamás te he Visto a las maravillosas tierras del Salto del Laja; Laguna de San Rafael y, las Torres del Paine. Lo supimos por el cartero que pasó a dejarnos una postal un mes después de su partida.

Con la Marce decidimos que ya era hora de


ponerle nombre a nuestra playa : la llamamos playa de los “Náufragos al Fin del Sur” aunque supimos por unos turistas que la llamaban simplemente “Playa de las Conchitas” y cierto que tenía bastante que ver si estaba repleta de moluscos pero, nosotras(os) teníamos bastante más prestigio que unas simples conchas.
Sandokán, Chaplín nuestros perros; Pocaspecas nuestra gata y, nuestro loro Pascual permanecieron siempre a nuestro lado fieles al  cariño que le prodigábamos.

El fantasma de Peñalolén regresó a su tumba y no nos volvió a molestar en un buen tiempo más aunque mas tarde envió a su novia para que nos penara.
La construcción la volvimos a pintar de rojo


colonial pero Jairo y Piero volvían a repintarlo de fucsia, amarillo tierra o, negro carbón.

No me casé con Peter José Maulén hasta mucho tiempo después cuando ya tuvimos dos hijos a nuestro haber: un niño y una niña.
Valentina se casó una semana después que zarpó el trasatlántico con Jairo en una Iglesia pequeña a las afueras de Peñalolén.

Con Marce fuimos grandes amigas hasta el día de hoy y, no cambiamos nuestro habitat de “Paraíso Terrenal” por nada del mundo.

            F I N

Nombre: Olaya Mac- Clure
Dirección: Casa ARTE San Sebastian Bach
Sexta Oriente Playa 128  San Sebastian
                  Chile
C.I: 7.100.667-0

Celular: 66383728

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