miércoles, 16 de abril de 2014

Recuerdo, que cuando niña, me encontraba un día esperando en el oleaje de Cachagua

Recuerdo, que cuando niña, me encontraba un día esperando en el oleaje de Cachagua alguna ola rica para hacer “playita”, cuando de repente veo

acercarse una ola gigantesca terrorífica  de varios metros de altura; en esos momentos me dije a mi misma: si la espero aquí paralizada por el horror a su

altura escalofriante, el reventón me liquida entonces, recuerdo en mi desesperación

haberle preguntado a Dios en fracción de segundos ¿¡qué hago!?
Y, entonces me respondió:

-      Estoy contigo, te AMO confía en MI ¡apúrate! Entra rápido mar adentro y colócate en la cresta de la ola, y quédate quieta hasta que te avise.
-       
Lo hice tal cual, nadé hacia el “Toro” con su altura sobredimesionada (que así le

llamamos en nuestra jerga de nadadora cachagüina), y desde la enorme masa de agua, observé

con vértigo desde su altura a los veraneantes; los vi tamaño de una hormiga esparcid@s en la arena por toda la playa.

En esos momentos pensé: quizás los veraneantes pensarán “¡qué valiente esa niña! ¿¡cómo se atreve a capear esas

gigantescas olas!? Pero ¡NO! en esos momentos me encontraba conversando con Dios de tú a tú; preguntándole y

pidiéndole a cada instante que me protegiera porque quería conservar mi vida en esta Tierra.

Me tranquilicé y con relajo esperé instrucciones que consistía en esperar a que reventara la monstruosa cuarta ola gigantesca, quedándome quieta en el lugar

¡NO por valentía! Sino por conservar mi vida intacta así fue, que esperé que llegara la quinta ola y decidí comenzar a

salir haciendo playita con dificultad, porque el mar quedaba muy revuelto, después de un oleaje con una resaca de

madre y señora mía; por ese motivo, era muy importante agarrar siempre la ola en playita para la salida, pues ésta me empujaba por la superficie del agua.

Cuando llegué a salvo con la última ola, le di gracias a Dios.

Me encontré entonces, frente a frente con mi hermana Belén, me esperaba a la orilla y horrorizada me dijo:

-      ¿Eras tú la que estaba adentro? ¿¡cómo se te ocurre estar mar adentro nadando con tanto peligro!?

-      ¡No me quedó otra! – le respondí – o las capeaba o me iba de chirlito.

-       

-      Entonces recuerdo haberle explicado porqué me había quedado adentro, y porqué había tenido que tomar una determinación con tanta fortaleza, de

-       quedarme en compás de espera, buscando el momento para regresar a orilla de playa.

-      La vida es algo parecido, algún@s la afrontamos, sentimos temor, pero Dios está en cada momento



-      acompañándonos hasta lograr llegar a Puerto Seguro. 

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